El crimen de Silvia Cicconi: la historia de tortura que marcó a una familia y quedó impune
Todos esperaban que la Justicia encontrara al asesino de Silvia Cicconi, pero lo que apareció fue una condena armada y una familia destruida por la tortura. 45 años después, la verdad sigue enterrada.
El 27 de agosto de 1981, Mar del Plata se conmocionó con el asesinato de Silvia Cicconi, una adolescente de 17 años que fue violada y apuñalada 32 veces en su casa. El caso nunca se resolvió del todo, pero dejó al descubierto una trama de torturas y una condena que pocos creyeron.
Silvia cursaba quinto año en el colegio Santa Cecilia y vivía detrás del restaurante familiar, Nueva Italia II, en avenida Luro al 5100. La encontraron en su cama, atada de pies y manos con sus propias medias y con una cuchilla de cocina clavada en el pecho. Tenía un corte en el cuello que casi la degolló.
La investigación fue frenética: más de cien testimonios, hipótesis que iban desde un exnovio hasta vínculos con el narcotráfico, y hasta se sospechó de la madre de la víctima. Pero ninguna pista cerraba. En plena dictadura, bajo la presidencia de Roberto Viola, el caso también destapó prácticas policiales que hasta entonces se callaban.
La pesadilla de los vecinos
A pocos metros del lugar del crimen, la familia Leszezuk tenía una carpintería en la esquina de Luro y Marconi. Eran vecinos de los Cicconi y compartían la vida cotidiana. Alberto Leszezuk, hoy de 81 años y pastor de la Iglesia Renacer (que funciona donde estaba el restaurante), recordó a TN que iban a comer casi todos los días al local de la familia.
“Mi hermano, Pablo, en aquella época tenía auto y a Silvia le gustaba ese coche, entonces le pedía a veces que la llevara a dar una vuelta. Éramos vecinos”, contó. Pero esa cercanía se convirtió en una pesadilla después del crimen.
Pablo, arquitecto de 23 años, fue secuestrado de la calle cuando iba en su auto. “Lo agarraron por la calle… Lo llevaron solamente porque éramos vecinos, porque era el más cercano tal vez”, afirmó Alberto. Lo llevaron a Santa Clara y, según la denuncia que Pablo presentó el 23 de septiembre de 1981, lo torturaron con picana eléctrica para que confesara un crimen que no había cometido.
“Le pusieron la picana para que cantara”, relató Alberto. “Lo torturaron toda la noche, quedó mal psicológicamente”. Y agregó: “Al ponerle la picana por todo el cuerpo, me parece que de ahí viene que no pudo tener familia. Era joven, tenía 23 años. Lo tuvieron un montón de horas”. Pablo entregó como prueba las cuerdas con las que había sido atado y abandonado en un descampado, pero la investigación de esa denuncia terminó sin conclusiones.
El “perejil” y una condena que no convenció
Seis meses después del crimen, la Justicia detuvo a Fernando Saturnino “El Pacha” Pérez, un linyera que acomodaba autos cerca de la estación de trenes. La versión oficial decía que había entrado por una ventana, robado un cuchillo y asesinado a Silvia tras abusar de ella. Pero la reconstrucción resultó inverosímil: el padre de la víctima vio cómo empujaban al acusado para que trepara, algo imposible por su estado físico y de ebriedad. Además, en la casa se encontró la huella de una zapatilla cara, mientras que Pérez usaba otro calzado.
“El Pacha” confesó bajo tortura y después se desdijo. “Me hice cargo porque la Policía me torturó. El que nunca recibió picana no sabe lo que es eso, con tal de que no me torturaran más, era capaz de confesar hasta el asesinato de Gardel”, declaró años después. Fue condenado a prisión perpetua en 1984, pero ni siquiera la familia Cicconi creyó en su culpabilidad. “Le dábamos de comer porque sabíamos que él no tuvo nada que ver, que pagó la culpa de otro”, dijo Adela, la mamá de Silvia.
El expediente dejó afuera pruebas clave: la marca de una zapatilla de moda, libros revisados por alguien que sabía leer (Pérez era analfabeto), y dinero que no fue robado. Hasta el fotógrafo policial tomó las primeras imágenes con el lente tapado y debieron reconstruir la escena horas después. Pérez recuperó la libertad en 1996 por conmutación de pena y murió en 2000, asistido por la familia Cicconi.
La herida abierta
La familia Cicconi siempre sospechó que el crimen estuvo vinculado a “gente pesada” y al narcotráfico, y que el verdadero asesino nunca fue juzgado. “Había muchas cosas que se podrían haber investigado, pruebas presentadas que fueron todas borradas”, lamentó Daniela Cicconi, hermana de Silvia.
Alberto Leszezuk tampoco creyó nunca en la culpabilidad de “El Pacha”. “Estuvo preso en Batán como 6 años y al poco tiempo que le dieron la libertad, a los 3 meses, se murió”, dijo al cumplirse 45 años del crimen. “Es terrible que en tanto tiempo no se haya podido esclarecer lo que pasó. Pasaron tantos años y todavía no se sabe”, remarcó.
La historia de Pablo quedó atada para siempre a la de Silvia. Murió hace un par de años, sin poder borrar las consecuencias de aquella noche de 1981. Alberto, en cambio, siguió en contacto con la familia Cicconi. Con los años, la madre de Silvia recurrió a los Leszezuk para hacer arreglos en su casa: el hijo de Alberto, como su hermano Pablo, eligió la arquitectura.
El tiempo pasó, los protagonistas envejecieron o murieron, el restaurante se convirtió en una iglesia y la casa de los Cicconi sigue en pie, ocupada. Pero el principal interrogante del caso —quién mató a Silvia Cicconi— sigue sin respuesta.
La carta de una madre
Cada aniversario del crimen, Adela, la mamá de Silvia, escribe una carta que hace llegar al diario local La Capital. En la última, pidió que su hija no sea recordada solo como una víctima.
“Quiero que quienes lean estas palabras sepan que antes de ser una víctima fuiste Silvia. Mi hija. Una chica de 17 años, estudiosa, responsable, amorosa, llena de proyectos. Quiero que te recuerden así. Con tu sonrisa. Con tus violetas. Con esa luz que tenían tus fotos y que todavía sigue atravesándome”.
Adela nunca dejó de pedir justicia ni de buscar la verdad. “Una causa puede cerrarse en un expediente, pero una herida no se cierra porque alguien lo escriba en un papel. Mi herida sigue abierta”, escribió. Y cerró: “Mientras yo esté viva, Silvia va a seguir teniendo un lugar en este mundo. No solamente como la adolescente asesinada el 27 de agosto de 1981. Sino como mi hija. Como Silvia. Mi Silvia”.