El coloso de 107 metros que nadie reclamó: la crecida lo arrancó de su amarra y ahora acecha a oscuras en el Paraná
La crecida del Paraná rompió las amarras de un buque que llevaba más de dos décadas quieto en un astillero de Corrientes. Ahora la mole de 107 metros está varada frente a dos barrios, sin luces ni señalización, y los pescadores que pasan por ahí no tienen forma de verla venir.
Un gigante de hierro que llevaba más de veinte años quieto en un astillero correntino se movió. La crecida del río Paraná, empujada por El Niño, rompió los cabos que lo sujetaban y lo lanzó a la deriva. Sin tripulación, sin luces y sin control, el buque Uros-Z recorrió casi dos kilómetros río abajo antes de detenerse.
Hoy la nave está encallada frente a los barrios Quilmes y Los Astilleros. Ahí, en medio del agua, se convirtió en un problema para los vecinos y para quienes trabajan en el río.
Un obstáculo invisible en la oscuridad
El Uros-Z no tiene boyas ni señalización visual. Permanece completamente a oscuras. Para los pescadores y las embarcaciones pequeñas que pasan por esa zona, es una masa de metal a la que no se ve venir.
La preocupación entre los navegantes locales crece a medida que la estructura sigue varada sin que nadie la señalice. Según informaron medios locales, el buque avanzó sin rumbo hasta quedar clavado en el lecho del río.
No es para menos: la corriente no arrastró solo un casco. Detrás del desprendimiento hay una mole de 107 metros de eslora, 14,5 metros de manga y 6,70 metros de puntal.
Una historia que arranca en los 90
El origen del Uros-Z se remonta a comienzos de la década del 90. Se lo diseñó como buque tanque químico, con bodegas de acero inoxidable para transportar insumos industriales. La construcción la encargó una firma privada con financiamiento del Fondo Nacional de la Marina Mercante y quedó en manos del Astillero Corrientes S. A.
A mediados de esa misma década, la empresa contratante entró en concurso de acreedores. Para cubrir las deudas, el Estado nacional tomó la propiedad de la embarcación mediante un acuerdo oficial.
Desde entonces, el barco quedó atrapado en un limbo administrativo. Su edificación nunca terminó, por lo que jamás obtuvo matrícula oficial. Y hasta hoy persiste la duda sobre qué organismo público tiene la jurisdicción legal sobre la nave.