El campo argentino acumuló US$197.500 millones en 30 años: qué cultivo explica casi todo
Economía

El campo argentino acumuló US$197.500 millones en 30 años: qué cultivo explica casi todo

Casi tres décadas de transgénicos en el campo argentino y una cifra que roza los US$200.000 millones: adentro del informe, un cultivo concentra el 91% de las exportaciones extra y otro empieza a perder terreno.

Un informe del Grupo CEO calculó que los cultivos genéticamente modificados dejaron en la Argentina beneficios brutos acumulados por unos US$197.500 millones corrientes entre 1996 y 2025. Los propios autores aclaran que se trata de una estimación de máxima, pensada más como orden de magnitud que como número exacto.

El trabajo se presentó en el acto con el que la Secretaría de Agricultura de la Nación conmemoró los 35 años de la Comisión Nacional Asesora de Biotecnología Agropecuaria (Conabia) y las tres décadas de cultivos transgénicos en el país. Todo arrancó en 1996, cuando la Resolución 167 habilitó la siembra de la primera soja genéticamente modificada.

Cuánto pesaron las exportaciones

El estudio también midió el efecto sobre el comercio exterior: las ventas adicionales al exterior sumaron US$187.400 millones hasta 2024. De ese total, el 91% correspondió a harina y aceite de soja.

La investigación la firmaron Eduardo Trigo, Jimena Vicentin Masaro, Nelson Illescas y Pablo Elverdin. Durante el acto se reconoció a quienes dieron prestigio internacional a la comisión, entre ellos el ingeniero Marcelo Regúnaga, que en 1991 estuvo al frente de la creación de la Conabia y de la política de biotecnología y bioseguridad.

Al recibir la distinción, Regúnaga subrayó el nivel científico y técnico de los profesionales que condujeron la entidad, reconocida por la FAO como centro de referencia en bioseguridad para países en desarrollo.

Por qué la soja se adoptó tan rápido

Según los autores, cuando llegó la soja RR en 1996 el país ya tenía un marco para evaluar bioseguridad, inocuidad y semillas. El informe atribuye buena parte de la velocidad de adopción a esa previsibilidad, con la Conabia, el Senasa y el Inase ya a cargo de esas evaluaciones.

Los números lo reflejan: la soja transgénica pasó del 5,5% al 84,4% del área sembrada con el cultivo en apenas cinco años, y llegó a casi el 100% en diez. Como comparación, el trabajo señala que el maíz híbrido en Estados Unidos tardó unos 25 años en alcanzar el 96%.

“El marco institucional acompañó luego cada salto tecnológico”, sostiene el informe. En 2015 la Argentina fue el primer país en fijar un procedimiento para determinar, caso por caso, si un producto de edición génica es un organismo genéticamente modificado (OGM). Varios países de América Latina copiaron ese criterio.

De acuerdo con el trabajo, la modernización de los procedimientos en los últimos dos años acortó los plazos de evaluación sin perder rigor científico. A fines de 2025 el país acumulaba 112 aprobaciones comerciales de OGM.

Más hectáreas, pero con beneficios dispares

La adopción de estos cultivos agregó, en promedio, 6,1 millones de hectáreas por año de soja, maíz y algodón. En 2024 la superficie adicional llegó a 7,9 millones de hectáreas.

El beneficio por hectárea, en cambio, evolucionó de forma muy distinta según el cultivo. En soja cayó de unos US$30 a US$11 desde 2018, por el encarecimiento del glifosato y la aparición de malezas resistentes. En maíz, en sentido contrario, subió de US$31 a casi US$50 desde 2016, con la consolidación de los eventos apilados.

Entre 2021 y 2024, los cultivos genéticamente modificados generaron un beneficio bruto promedio cercano a US$9900 millones por año. En ese período los productores se quedaron con el 52,4% antes de descontar los costos directos, el Estado captó el 20,2% —principalmente por impuestos— y los contratistas de servicios obtuvieron el 9,6%. Las empresas semilleras, que generan la innovación, captaron el 2,6%.

Los autores vincularon ese reparto con factores como los derechos de exportación, la propiedad intelectual y la logística.

La agenda que proponen para no perder terreno

El informe plantea que la transgénesis, que en 1996 era la gran novedad, hoy es solo una pieza de una plataforma que combina edición génica, biología sintética, datos e inteligencia artificial.

Para sostener el liderazgo argentino, los autores propusieron modernizar el régimen de propiedad intelectual sobre semillas, de modo de mantener los incentivos a innovar, y asegurar una reposición adecuada de nutrientes mediante prácticas, incentivos y mediciones.

También sugirieron fortalecer la innovación en inteligencia artificial, bioinformática y biología sintética, con una regulación moderna para los OGM, la edición génica, los bioinsumos y el manejo de datos. A eso sumaron la armonización regulatoria con los mercados de destino y la estabilidad institucional.

Para los autores, la agenda puede llevarse adelante con las instituciones existentes si se establece una coordinación estable entre la ciencia, las empresas, los reguladores, los productores y los inversores.

“El desafío ya no consiste solamente en producir más. Consiste en organizar el conocimiento, convertirlo en innovación, integrar sostenibilidad y competitividad, y capturar más valor de la biomasa”, señaló Illescas, socio de Grupo CEO y coautor del informe.

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