El auto familiar escondía un ladrillo con un delfín impreso: lo que la Justicia encontró adentro los dejó sin salida

El negocio parecía perfecto: una casa de barrio, un auto familiar y entregas a domicilio. Hasta que los chats de WhatsApp cayeron en manos de Gendarmería y un detalle en el asiento del acompañante terminó de sellar la causa.

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El auto familiar escondía un ladrillo con un delfín impreso: lo que la Justicia encontró adentro los dejó sin salida
El auto familiar escondía un ladrillo con un delfín impreso: lo que la Justicia encontró adentro los dejó sin salida

El Tribunal Oral en lo Criminal Federal de Santa Cruz, con el juez Mario Gabriel Reynaldi a la cabeza, condenó a los hermanos A y L Candia por tenencia de estupefacientes con fines de comercialización. El fallo, dictado este viernes, puso punto final a una investigación que arrancó con una denuncia anónima y terminó con un kilo de cocaína de alta pureza secuestrado en un Volkswagen Polo.

Todo empezó el 28 de agosto de 2024, cuando un vecino se presentó ante el Ministerio Público Fiscal para denunciar lo que ya era un secreto a voces en el barrio. Según el informante, un sujeto proveía drogas a A Candia en una casa de la calle Manuel Belgrano al 500, a metros de un kiosco muy concurrido.

Con ese dato, la División Narcocriminalidad de Río Gallegos montó tareas de inteligencia y vigilancia. Los partes policiales confirmaron la sospecha: a la vivienda llegaban personas a pie o en vehículos a cualquier hora, hacían el clásico “pasamanos” y se iban. Pero el negocio no terminaba en la puerta: los hermanos también usaban el auto familiar para repartir la droga a domicilio, una modalidad de delivery narco.

Los chats que lo complicaron todo

El quiebre llegó con la intervención del teléfono de A Candia. Las pericias de Gendarmería Nacional sobre los chats de WhatsApp mostraron la actividad diaria y la naturalidad con la que se manejaba el comercio ilícito. Un contacto agendado le reclamaba sin vueltas: “Me vas a tener que abastecer”.

La insistencia de ese comprador quedó registrada en varias fechas con pedidos concretos: “tenes para hacerme un G”, “guacho si tenes un medio tráeme” y “Si tiene un 0.5”.

Pero el hallazgo más llamativo en las conversaciones no fue el volumen de ventas al menudeo, sino un proyecto para lavar el dinero sucio. Un cliente y socio le propuso a Candia armar una fachada legal. Los mensajes eran explícitos: “Te hago una pregunta sin compromiso, ¿vos realmente queres que armemos el negocio acá adelante? Primero xq ya el martes hablo con el tipo para que busque con tiempo un lugar, yo pongo el lugar y parte del comercio, campana, cocina, etc., y la decoración. Vos el capital para comprar la mercadería y vamos 50/50 (…) vos necesitas urgente justificante de ingresos”.

A pesar de proyectar un restaurante, el mismo contacto seguía rogando por estupefacientes a cualquier hora. En el expediente constan sus pedidos: “no me podés conseguir un 05 o 1”, “Si llegas a venir me haces un 05” y “si podes tráeme uno”. Días después, la dependencia era más evidente: “amigo me salvas con uno o medio lo que puedas sapo salió”, “haceme uno o medio te deposito” y “che aparte del 1 y medio me haces 5”.

Candia manejaba las deudas con frialdad comercial: “¿Queres los 5 todavía?”, y después cobraba el saldo: “che consulta vos tenes para mandarme algo los noventa del cinco y de lo otro necesito pagar una deuda”.

El allanamiento y el ladrillo con forma de delfín

Con las pruebas sobre la mesa, el 24 de octubre de 2025 se ejecutó el allanamiento simultáneo en la casa de la calle Belgrano y sobre los vehículos de la familia. En el interior del domicilio, los efectivos secuestraron casi 400 mil pesos en billetes de baja denominación, marihuana, un cuchillo con restos de polvo blanco, 33 recortes de bolsas de nylon y dos balanzas de precisión ocultas en una caja roja de zapatillas deportivas.

La incautación mayor aguardaba en el Volkswagen Polo: debajo del asiento del acompañante encontraron un ladrillo compacto envuelto en cinta verde con la figura de un delfín impresa. Las pericias confirmaron que era 1.012,25 gramos de cocaína de alta pureza, con capacidad para fraccionarse en más de 9.300 dosis, además de 32,23 gramos de cannabis sativa.

El juicio abreviado y las disculpas familiares

El proceso se selló con un juicio abreviado, donde los imputados asumieron su responsabilidad ante la carga probatoria. En las declaraciones indagatorias, A Candia, de 21 años y desempleado, intentó exculpar a su hermano menor: “…Lo primero que quiero aclarar es sobre mi hermano menor, L. Él no tiene nada que ver con este problema; es una persona responsable, estudiosa. El desde chico ha tenido problemas de comunicación, le cuesta socializar. De chico, desde la escuela primaria ha tenido problemas (…) Las personas que se involucran no tienen nada que ver con mi hermano; él salía conmigo para distraerse yo lo llevaba a pasear para que se distraiga de todo lo que pasaba en casa”.

L Candia, de 20 años y estudiante de panadería y cocina en la escuela laboral, se desligó: “No se prácticamente nada de lo que mi hermano tenía. Mi hermano nunca me mencionó esto, no sabía que es lo que estaba haciendo. Las veces que he salido con él, hemos ido de paseo (…) lo que haga mi hermano es problema de mi hermano, no mío”.

La justicia determinó que Alan era el verdadero motor de la comercialización, mientras que su hermano menor cumplía un rol fungible, apenas acompañando en los repartos sin decidir sobre el estupefaciente. El juez condenó a A Candia a cuatro años de prisión efectiva como autor penalmente responsable, y a L Candia a dos años en suspenso como partícipe secundario, con reglas de conducta que incluyen presentaciones mensuales y la prohibición de consumir drogas o alcohol en público. También se ordenó la incineración de la droga incautada y el decomiso definitivo del auto usado para el delivery.

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