El almacén de barrio se reinventa: la compra hormiga que marca el ritmo de la economía
¿Por qué el changuito lleno ya no es opción? La compra hormiga se impone en los almacenes y un dirigente revela cómo impacta en precios, pymes y el día a día. Enterate de qué se trata.
El clásico changuito lleno hasta el tope para toda la semana o la quincena quedó en el pasado. Hoy, en los almacenes de cercanía, la consigna es comprar lo justo para el día a día. Este cambio de hábito tiene nombre: compra hormiga, y está redefiniendo la relación de los argentinos con el consumo.
Fernando Savore, vicepresidente de la Federación de Almaceneros, lo resume con una frase que escucha a diario detrás del mostrador: “Llega el 20 y parece que es fin de mes”. La plata no alcanza y los clientes ajustan cada peso.
¿Qué es la compra hormiga y por qué crece?
La modalidad consiste en adquirir únicamente los productos necesarios para resolver el consumo inmediato. Savore, en diálogo con FM 89.3 Santa María de las Misiones, describió una escena recurrente: el cliente llega, toma un puré de tomate, un paquete de fideos y queso rallado; paga alrededor de $5.400 y se va. Nada más.
Esa conducta refleja una billetera cada vez más ajustada y consumidores que calculan cada gasto. El fenómeno también cambió la dinámica con los supermercados: las familias van más seguido al almacén, pero gastan menos en cada visita. Para una compra de $20.000, muchos ya no se toman el trabajo de ir a un hipermercado, estacionar y recorrer las góndolas.
El impacto de la liberación de precios
Savore vinculó esta nueva realidad con la liberalización de precios y criticó a los programas Precios Justos y Precios Cuidados. Según su análisis, esos esquemas concentraron a los consumidores en las grandes superficies y complicaron a los pequeños comercios para conseguir mercadería.
Durante esa época, recordó, faltaban aceite, arroz y azúcar, productos que se fabrican en Argentina. La escasez, dijo, generaba especulación y precios altos en el mayorista. Tras la liberación, los problemas de abastecimiento bajaron, pero los comerciantes tuvieron que adaptarse a nuevas reglas.
Menos primeras marcas, más pymes
El consumidor ya no se casa con una marca. Si el precio le parece excesivo, deja el producto en la góndola. Ese comportamiento abre la puerta a pequeñas y medianas empresas que ofrecen precios más bajos. Savore puso ejemplos concretos: un pan lactal de primera marca ronda los $6.000, mientras que uno de una pyme sale cerca de $3.000. Las gaseosas de primeras marcas superan los $5.000 en algunas presentaciones, pero hay alternativas de fabricantes más chicos por unos $2.000.
En lácteos, los aumentos fueron sucesivos durante los primeros meses del año: 2,5% en enero, 2,7% en febrero, 3% en marzo, luego 4% y otro 3%, hasta acumular cerca del 15%. Como los ingresos no acompañan, los consumidores miran con buenos ojos a fabricantes sin grandes campañas publicitarias pero con calidad a precios accesibles.
El esquema de provisión directa también gana terreno. Cuando un pequeño fabricante entrega la mercadería y cobra al contado, obtiene liquidez inmediata. El almacenero consigue un mejor precio y lo traslada al cliente. En las grandes cadenas, en cambio, una pyme puede tardar hasta 60 días en cobrar, algo que muchas no pueden sostener.
Promociones pensadas para el bolsillo justo
Otra novedad: los almaceneros empezaron a ofrecer descuentos por unidad, en lugar de exigir la compra de tres o más productos como hacen los supermercados. La idea, explicó Savore, es que el beneficio alcance a quienes solo pueden comprar un artículo. Esta estrategia es clave en los barrios de menores ingresos, donde no todos pueden acceder a la oferta por cantidad.
No todas las pymes corren la misma suerte. Savore mencionó el caso de una panificadora de Tres de Febrero que pasó de 6 a 125 empleados desde antes de la pandemia, una muestra de que se puede crecer aun en contextos difíciles. Pero criticó que los gobiernos históricamente hayan prestado poca atención al sector. Muchas empresas, dijo, sobreviven por la iniciativa de sus dueños, sin apoyo estatal.
En una visita reciente a Posadas, Savore conoció pymes alimenticias locales con productos de excelente calidad y precios accesibles, como mermeladas de grosella y mamón. El problema es la logística: llevar esos productos a Buenos Aires encarece el precio final y les quita competitividad. Reclamó políticas que acompañen a estas firmas, que son importantes generadoras de empleo.
Del mostrador a lo digital
El comercio electrónico es, para Savore, un “vendedor silencioso” que trabaja las 24 horas. Por eso, insistió en la capacitación: hay cerca de 87 cursos gratuitos ofrecidos por entidades como CAME y la Cámara Argentina de Comercio. Adaptarse, dijo, ya no es una opción.
Con 40 años de experiencia, Savore comparó este momento con la llegada de las góndolas. Quienes no se adaptaron en aquel entonces, quedaron en el camino. Ahora, el desafío es la digitalización, sumado a los costos fijos. Su propio negocio, en Morón, paga unos $900.000 mensuales de electricidad, pero muchos colegas de otras provincias pagan facturas aún más altas.
La presión tributaria también pesa: el IVA del 21% y el efecto acumulativo de Ingresos Brutos encarecen toda la cadena, y ese costo termina en el precio final.
El almacenero, testigo de cada región
Los problemas cambian según la provincia. En Concepción del Uruguay, los comerciantes se quejan por la energía eléctrica. En el conurbano bonaerense, la inseguridad es la principal preocupación, con robos de objetos de escaso valor, incluso zapatillas. En provincias fronterizas como Misiones, Formosa y Mendoza, el ingreso de alimentos de países limítrofes (Brasil, Paraguay) sin controles suficientes es un tema recurrente. Savore entiende que el consumidor busca lo más barato, pero marcó que en Buenos Aires esa presencia todavía no se nota.
“La cosa está difícil”
Savore espera una recuperación, pero admite que las señales son débiles. Desea que al actual Presidente le vaya bien, como a sus antecesores, porque el resultado de la gestión impacta en todo el país. El segundo semestre no mostró la mejora esperada. La minería crece, pero no llega a todas las regiones.
Para él, el Gobierno debería encontrar la forma de recuperar el poder de compra de los trabajadores. Recuerda que durante el Mundial, con el medio aguinaldo, las ventas en los almacenes repuntaron. Una mejora, aunque sea chica, podría reactivar el consumo.
Del vuelto en caramelos a las billeteras virtuales
Las escenas cotidianas también cambiaron. El vuelto en caramelos ya no tiene sentido: un caramelo puede valer más que los $100 que se deberían devolver. Hoy, ocho de cada diez clientes pagan con billetera virtual. Al cerrar la caja, hay pocos billetes, pero las ventas fueron normales.
La inseguridad también influye: algunos clientes salen sin efectivo y sin celular, y pagan después con transferencia, confiando en la relación con el almacenero. El fiado sigue vigente, pero con más cuidado. Savore explicó que no se puede fiar $150.000 a quien gana $400.000; hay que saber cuánto le falta para cobrar y cuánto necesita. Si faltan tres días y necesita $40.000, se le puede dar una mano.
El almacenero, dijo con ironía, fue el inventor de la tarjeta de crédito, pero sin intereses. Entre la libreta, las transferencias y las compras chicas, el comercio barrial se adapta a un consumidor que cuida cada peso y necesita llegar a fin de mes comprando en porciones cada vez más pequeñas.