El algoritmo que encierra a los adolescentes mendocinos: "son habitantes sin territorio"
¿Qué pasa cuando el espejo de un adolescente deja de ser su grupo de amigos y pasa a ser un algoritmo que le muestra solo lo que quiere ver? Una psicóloga mendocina advierte sobre el efecto en los chicos y el rol que les toca a los adultos.
Una psicóloga mendocina advirtió que las redes sociales convirtieron la mirada de los pares en el espejo principal de los jóvenes, y que la hipercomparación golpea más fuerte en zonas rurales y sectores vulnerables. La especialista Nancy Caballero describió a los chicos como "habitantes sin territorio": están físicamente en una plaza o una escuela, pero cada uno conectado a un mundo distinto desde el teléfono.
La validación que llega desde afuera
La comparación entre pares siempre fue parte de la adolescencia. Amistades, música, formas de hablar y grupos de pertenencia fueron los espacios donde generaciones enteras construyeron su identidad. Lo que cambió, según Caballero, psicóloga (Mat. 1908) y psicopedagoga (Mat. 191), es la escala de esa comparación.
Antes de las redes, explicó en diálogo con Sitio Andino, el niño se medía contra sus compañeros de escuela y su grupo de amigos, y el adulto tenía un peso mayor en ese proceso. En la adolescencia, la mirada de los pares siempre importó, pero las plataformas digitales la convirtieron en un fenómeno masivo y, en muchos casos, en el único reflejo que los jóvenes tienen de sí mismos.
"La validación es casi absolutamente externa y muy superficial", sostuvo. En un grupo de amigos hay un conocimiento previo entre quienes interactúan y pueden aparecer otras miradas que contengan una situación. En las redes, en cambio, no se sabe quién está detrás de una crítica, una burla o un mal comentario.
Esa dinámica, según la especialista, genera un juicio de valor mucho más fuerte y puede llevar a que los adolescentes construyan su autoestima a partir de un like positivo, de una desvalorización o del miedo a publicar algo por temor a ser ridiculizados. El efecto no se agota en un momento de incomodidad: la exposición permanente también incide en la construcción de la personalidad, justo cuando los chicos están definiendo sus vínculos y su forma de relacionarse.
La fantasía digital contra la realidad del territorio
Caballero trabajó durante años con adolescentes de contextos urbanos, rurales y de sectores vulnerables, y preparaba estrategias distintas para cada caso. Con la expansión de internet, esa diferencia empezó a achicarse: "El mundo se metió en la casa a través de internet", graficó.
Un adolescente de una zona alejada accede hoy a los mismos contenidos y modelos de vida que uno de la ciudad. Pero, advirtió la psicóloga, compartir aspiraciones no significa compartir posibilidades. "Hay un montón de cosas que son parejas. ¿Qué es lo que no es parejo? Las aspiraciones", planteó.
La frustración aparece en todas las capas sociales, aunque de maneras diferentes. En los sectores medios y medios altos puede expresarse como la desilusión de no alcanzar cierto nivel de riqueza o estilo de vida. En los sectores más carenciados, la distancia entre lo que muestran las redes y las posibilidades concretas es mucho más profunda.
"Esto mismo ocurre en las capas más bajas con la desilusión de que aunque yo considere un trabajo y estudie, nunca voy a llegar a tener estas cosas", explicó.
Para Caballero, el problema central es que la red muestra el resultado pero no el camino para alcanzarlo. Cuando el adolescente observa un estilo de vida inaccesible, puede instalarse la sensación de que ese objetivo está directamente fuera de sus posibilidades. "Ese es el nivel de ansiedad y de tristeza que vemos hoy en los chicos, en todas las clases sociales", afirmó.
La burbuja del algoritmo y la dificultad de aceptar al otro
La comparación digital se cruza con otra transformación: la manera en que los adolescentes habitan el espacio que los rodea. De ahí la expresión que eligió la especialista. "Los chicos son habitantes sin territorio", dijo. Físicamente pueden estar en una calle, una escuela o una plaza, pero cada uno conectado a un mundo diferente a través de su teléfono.
Caballero lo vincula con los algoritmos de las plataformas, que tienden a mostrar contenidos similares a aquellos con los que cada usuario ya interactuó. "Yo tengo razón porque todos piensan igual que yo y no es así. En realidad, hay un algoritmo mostrando todo lo que piensan igual a él", sostuvo.
El resultado va más allá del tiempo de uso del celular: se traduce en la dificultad para aceptar miradas diferentes. La experiencia digital puede transformarse en una burbuja donde el usuario recibe de manera permanente contenidos que coinciden con sus intereses, pensamientos o emociones. "Lo peor de todo es que es una forma de evadirse", advirtió.
En ese marco, también relacionó la búsqueda de satisfacción inmediata con otras formas de consumo digital. Juegos online, contenidos que generan placer instantáneo, marcas y determinados productos forman parte de una dinámica en la que la gratificación se vuelve cada vez más rápida. Caballero aclaró que no se considera enemiga de internet, pero cuestionó el recorte de la realidad que produce cuando se convierte en el principal espacio de interacción.
El cambio empieza por los adultos
Frente a este escenario, la psicóloga plantea que la discusión no debería centrarse solo en cuánto usan el celular los adolescentes. Para ella, el primer cambio tiene que venir de los adultos. "Da tristeza ir a un café y ver que hay un papá con un hijo, o varios, y cada uno esté en su celular, pero el primero que está en el celular es el padre", señaló.
Los padres necesitan acompañar los límites con el ejemplo, sostuvo. De poco sirve pedirle a un adolescente que abandone el teléfono si los adultos hacen lo contrario: "¿Con qué autoridad le digo yo a mi hijo que deje el teléfono o deje internet si yo lo estoy haciendo?", preguntó.
No se trata de prohibir la tecnología, sino de establecer normas concretas que permitan recuperar espacios cotidianos de interacción. Una de las estrategias que propone es evitar el uso del teléfono durante las comidas. Al principio puede resultar difícil, sobre todo cuando existe una fuerte dependencia de la inmediatez, pero con el tiempo puede incorporarse a la rutina familiar. "La realidad es que no hay nada que pueda pasar sin que no pueda esperar", afirmó.
Recuperar esos pequeños momentos permite volver a combinar los dos mundos, el virtual y el real. La clave no es eliminar internet, sino evitar que la experiencia digital reemplace el contacto con otras personas y con el entorno. "Los adultos somos los primeros que tenemos que empezar", cerró.