Dos destinos le ofrecieron a este italiano en 1924: eligió el sur y hoy su firma tiene 1.000 hectáreas
Un italiano llegó a Buenos Aires en 1924 con dos hijos y casi nada en los bolsillos. Le ofrecieron el Chaco o el sur: eligió el frío. Cien años después, en ese mismo terreno funciona una firma que exporta a Estados Unidos y Rusia.
En marzo de 1924, después de casi un mes de travesía desde Italia, Aquiles Vicente Boschi bajó en Buenos Aires junto a sus hijos Pablo, de 13 años, y Bautista, de 12. Le dieron a elegir entre dos rumbos para recomenzar: el Chaco, de clima tropical, o el sur, frío e inhóspito. Se quedó con el segundo y se instaló en Cipolletti, por entonces Estación Limay. Allí compró tierras, armó una huerta y plantó viñedos. Más de un siglo después, ese mismo predio alberga el empaque y las oficinas centrales de una de las mayores empresas frutícolas del país.
Hoy Boschi Hermanos SA reúne más de 1.000 hectáreas implantadas con peras y manzanas entre Río Negro y Neuquén. Embala y produce, en promedio, más de 30 millones de kilos anuales de fruta propia, dispone de cerca de 50 cámaras frigoríficas y emplea a unas 700 personas en los meses de mayor actividad. Detrás de esos números hay una familia que cruzó generaciones sin perder una lógica de crecimiento mesurado.
La decisión que definió todo
Antes de probar suerte en la Argentina, Aquiles había recorrido el norte de África, donde contrajo malaria. Cuando decidió emigrar, dejó en Italia a su esposa María y a su hija Elisa, de dos años: primero quería conocer qué oportunidades había de este lado del océano.
Desde Nápoles subieron al vapor Atlanta, en tercera clase, con algo de oro, ropa y un álbum de estampillas de Aquiles, aficionado a la filatelia. “Eran pobres. Venían con lo que tenían”, recuerda Luis Vicente, nieto de Aquiles e hijo de Bautista.
Ya en Buenos Aires, Aquiles descartó quedarse en la gran ciudad. Buscaba tierra accesible para trabajar y producir. Le mencionaron dos opciones: el Chaco, presentado como un lugar hermoso y tropical, y el sur, descripto como una región fría y difícil. “Bueno, vamos al sur”, resolvió. El clima tropical le traía recuerdos de su paso por África.
Padre e hijos viajaron en tren hasta Cipolletti. En 1924, Aquiles compró cuatro hectáreas donde hoy se levantan la planta de empaque y las oficinas de la firma, y levantaron casas de adobe sobre la actual calle Luis Toschi.
Cultivaron huerta y viñedos, vendían verduras y recurrían al trueque para conseguir harina y otros alimentos. Aquiles también salía a cazar. “Con eso vivían”, cuenta Luis Vicente. Con el tiempo llegaron su esposa y Elisa, pero la mujer murió de tifus al año. Aquiles debió dejar a la niña al cuidado de otra familia, aunque el vínculo se mantuvo durante toda la vida.
De la bicicleta a las chacras
Si Aquiles eligió el lugar y puso en marcha la primera huerta, el impulso frutícola llegó con Bautista. El hijo que había viajado al sur siendo un niño se convirtió en productor, comerciante y empresario. También fue ciclista y ajedrecista, dos pasiones que cultivó a un nivel que la familia todavía recuerda.
Bautista competía en ciclismo y se hizo amigo de los hermanos Gobbet, reconocidos constructores artesanales de cuadros de bicicleta en el país y vinculados al equipo Bicicletas Bianchi, del que formaba parte. Ellos le propusieron abrir un local en Cipolletti y proveerle bicicletas y repuestos. Lo hizo, y el negocio le permitió generar capital y comprar chacras.
“Mi papá fue el que le dio el puntapié inicial a la fruticultura”, sintetiza Luis Vicente. Bautista compró tierras en Cipolletti y luego en Campo Grande, y las implantó con perales y manzanos. Mantuvo además viñedos y estuvo asociado a la cooperativa El Cipoleño, entidad de productores de uva, peras y manzanas de la que fue socio fundador y presidente.
“Era muy inteligente; muy bueno para el ciclismo y el ajedrez”, recuerda su hijo. En el campo, esa energía se traducía en trabajo cotidiano. Cuando le preguntaban hasta cuándo seguiría activo, respondía: “Hasta el último día”. Murió en 1994, a los 83 años, todavía involucrado en la empresa.
Bautista sumó a su hermano Pablo al negocio y formaron una sociedad de hecho en los años 50. Cuando Luis Vicente nació, en 1950, la familia ya tenía unas 50 hectáreas. Boschi Hermanos SA se constituyó formalmente en 1969.
Al principio, los Boschi entregaban la fruta a la cooperativa para su empaque. Una experiencia poco satisfactoria con un galpón ajeno los llevó a construir uno propio en el terreno familiar. La planta comenzó a funcionar en 1962: la fruta viajaba en tren a Buenos Aires, donde se conservaba en cámaras adaptadas y se vendía en el Mercado de Abasto. En 1970 puso en marcha sus primeras cámaras frigoríficas en Cipolletti.
Una empresa que creció entre Río Negro y Neuquén
Los hijos varones de Bautista (Carlos, Raúl, Miguel, Juan y Luis Vicente) trabajaron junto a su padre; Ana, la otra hermana, es profesora jubilada de Geografía en la Universidad Nacional del Comahue. La rama de Pablo también participó de la sociedad hasta que ambas familias se separaron: los descendientes de Bautista compraron su parte y continuaron con la empresa.
Luis Vicente tenía 19 años cuando se constituyó la sociedad anónima. Estudiaba Contador Público en Bahía Blanca, pero por la dictadura debió dejar la carrera a dos materias de terminar y regresó a Cipolletti. Después hizo el servicio militar y se quedó en la empresa. Pasó por casi todos los puestos: cargó camiones, hizo trámites bancarios y trabajó en chacras y empaque. De chico acompañaba a su padre al campo, aunque Bautista insistía: “Tenés que ir a la escuela”.
Tras la muerte de Bautista, las responsabilidades se repartieron. “Mientras vivió mi papá, él fue el líder. Cuando falleció, nos fuimos organizando con mis hermanos. Cada uno en su área”, explica Luis, que quedó al frente del empaque y del frío. La empresa siguió sumando tierras: “Crecía la empresa y tenía que crecer la producción”, sintetiza.
Una firma frutícola, familiar y “gasolera”
Hoy Boschi Hermanos supera las 1.000 hectáreas implantadas con peras y manzanas, repartidas entre Cipolletti, Allen, Campo Grande, Plottier, China Muerta, San Patricio del Chañar y Añelo, donde además cuenta con unas 200 hectáreas de álamos. La forestación, impulsada por Carlos, aporta la madera para fabricar sus propios bines de cosecha en su aserradero en Cipolletti.
La ingeniera agrónoma Juliana Boschi, responsable técnica de las chacras, explica que reconvierten montes: antes la proporción era mitad y mitad; ahora, alrededor del 60% es manzana y el 40% pera. “Estamos apuntando a manzanas, porque la pera no está tan competitiva”, señala.
Produce más de 30 millones de kilos al año y solo embala fruta propia. “Hoy tenés que vender lo bueno. Es muy difícil producir cantidad y calidad a la vez”, explica Juliana. Tiene 50 cámaras frigoríficas y, tras los problemas climáticos de la campaña anterior (granizo, principalmente), redujo el doble turno de verano en el empaque a uno.
El 60% de la producción se vende en el mercado interno, con una fuerte presencia de la manzana. Boschi tiene dos puestos en el Mercado Central de Buenos Aires y también despacha fruta embalada a Salta, Córdoba y otros destinos. La distribución se terceriza. En el exterior, Brasil compra principalmente manzanas, mientras que las peras van sobre todo a Estados Unidos y Rusia, y en menor medida a Italia. El 90% de la exportación ultramar sale por el puerto de San Antonio Este; algo de fruta para la costa oeste estadounidense se embarca por Chile.
La comercialización directa es una conquista de la tercera generación. Luis Alberto Boschi, hijo de Raúl, es gerente comercial: antes exportaban a través de otra firma; él buscó clientes y abrió el camino a la venta directa. Giovanni, su padre Juan, y Juliana están al frente de las chacras. Luis Vicente sigue a cargo del empaque y los frigoríficos.
“Somos una empresa gasolera. No hacemos grandes gastos y no tenemos deuda con ningún banco. Todo lo que hicimos lo hicimos con capital propio”, afirma Juliana. En los meses de menor actividad trabajan unas 362 personas y en marzo asciende a alrededor de 700.
En las chacras riegan por manto. Dejaron de usar aspersión para controlar heladas, optando en su lugar por la inundación, y ahora evalúan instalar mallas antigranizo, ante el impacto creciente de ese fenómeno.
“Acá es uno por familia”, resume Luis Vicente para contar la regla tácita (y flexible) que rige en Boschi Hermanos. La idea es evitar que la empresa se llene de parientes sin una función definida. “Las empresas familiares muchas veces terminan disolviéndose por problemas entre sus integrantes. Así vamos tranquilos”, dice.
Más de un siglo después de la compra de aquellas primeras hectáreas, el predio de Cipolletti sigue siendo el centro de la compañía. Sumó campos, cámaras, mercados y generaciones, pero conserva una premisa: producir y crecer con los pies sobre la tierra.



