Dejó Valle Fértil para enseñar al pie de la cordillera: la confesión de Javier Ortiz
Javier Ortiz soñaba con ser abogado, pero el destino lo llevó a las sierras. Hoy dirige una escuela albergue a 3.000 metros de altura y revela lo que tuvo que sacrificar para lograrlo.
Javier Ortiz tenía 11 años cuando su madre falleció. Su padre trabajaba todo el día y él y su hermano Marcelo pasaban las jornadas en la Escuela Albergue Casa del Niño, en San Agustín, Valle Fértil. Ese fue su primer contacto con una institución de ese tipo, sin imaginar que años después estaría al frente de una.
Nacido y criado en Valle Fértil, Ortiz se acercó a la docencia recién a los 28 años, ya con familia formada. Antes había intentado estudiar abogacía en Mendoza, pero los costos de la carrera y vivir en otra provincia lo hicieron volver. Buscando una salida laboral, incursionó en el magisterio.
El primer cargo llegó en un lugar que no esperaba. En contacto con DIARIO DE CUYO, recuerda: “Viviendo en Valle Fértil no conocía las sierras, hasta que conseguí un cargo en la Escuela Albergue Marcos Gómez, Narváez, en Sierras de Elizondo, y también pasé luego por la Escuela Albergue Buenaventura Collado, en Sierras de Rivero. Iba tomando suplencias hasta que pude acceder a la titularidad”.
Con el tiempo, las escuelas albergue dejaron de ser un territorio desconocido. “Para estar en estas escuelas hay que tener algo, ser especial, porque hay que acompañar a los chicos, ya que la comparación con los chicos de la ciudad es enorme, pero en algún momento se emparejan y trascienden”, asegura.
Un cargo al pie de la cordillera
La oportunidad que le cambió el rumbo apareció en Iglesia, en la Escuela Albergue Miguel Cané, en Bauchazeta. El establecimiento está a unos 3.000 metros de altura y se accede por una huella agreste que muchas veces queda intransitable por crecientes o lluvias.
Hoy Ortiz es maestro y director de esa escuela. “Somos pocos. Hay nueve inscriptos, pero generalmente vienen siete. Nos manejamos bajo la modalidad de 10 días en el establecimiento por cinco de descanso, que muchas veces no es descanso porque son los días que aprovechamos para hacer trámites y otras gestiones. Los chicos que vienen son de familias con situaciones socioeconómicas no favorables”, comenta.
Convivir con los alumnos le permite conocer sus realidades familiares y, al mismo tiempo, potenciar sus capacidades. El objetivo, dice, es brindarles herramientas para que sigan estudiando y sean profesionales.
Lo que dejó en el camino
La docencia en escuelas albergue exige un compromiso que va más allá del aula. Ortiz lo sabe y hace un balance honesto. “A esta altura de mi vida, si me preguntan si lo tengo que hacer de nuevo digo que no”, admite.
No se arrepiente de lo vivido, pero reconoce el costo personal. “Te perdés mucho de tu familia. Perdemos mucho al dedicarle tanto a la profesión, como vínculos familiares que en este momento me llevan a pensarlo. Si tengo que acompañar a mi hijo lo acompaño, para enmendar o recuperar la ausencia, pero el trabajo de la docencia es mucho, y le tenés que dedicar tiempo”, reflexiona.
Ortiz entiende que la profesión atraviesa un momento de cuestionamiento, con la vocación en juego y factores externos como la tecnología que obligan a reinventarse. Aun así, asegura que dio lo mejor de sí y espera seguir dedicando su esfuerzo y amor por los alumnos hasta que llegue el momento de retirarse y compartir con su familia, su gran anhelo.