Dejó Ucrania a los 13 años con su madre y hoy, en Bariloche, revela qué lo enamoró de Argentina
Llegó con 13 años, sin saber una palabra de español, y hoy tiene 41. La historia de Volodymyr, que dejó Ucrania en los 90 y encontró en Bariloche un hogar, pero no olvida lo que dejó atrás.
Volodymyr Seredenko tenía apenas 13 años cuando dejó Ucrania junto a su madre para empezar de cero en Argentina. Hoy, con 41 años y afincado en Bariloche, cuenta cómo fue adaptarse a un país que no conocía, qué extraña de su tierra y por qué asegura que la guerra no se la desea a nadie.
Llegaron a fines de los 90, en plena ola migratoria que siguió a la crisis económica y la devaluación en Ucrania, siete años después de la caída de la Unión Soviética. "Cuando decidimos venirnos, hubo una ola de migración muy grande. En gran parte, motivada por la situación económica. En esto ayudó mucho un convenio entre Argentina y Ucrania que facilitaba la visa de trabajo", recuerda Volodymyr.
El primer impacto fue fuerte. "Vivir en Ucrania era bonito, había mucho por hacer y con muchos parques. Al principio, Argentina me pareció muy rara. Recuerdo que cuando entramos a Buenos Aires, vi los edificios pegados a las autopistas y me pregunté a dónde estaba", confiesa.
El camino a Bariloche
Después de algunos años en Buenos Aires, le ofrecieron un puesto en gastronomía para la temporada en Bariloche. Cuando estaba en camino, se enteró de que habían contratado a otra persona. Aceleró la búsqueda y consiguió trabajo en un restaurante del centro. Lo que iba a ser temporario se volvió permanente. "Me gustó la gente de Bariloche, el clima, la naturaleza, la forma de vivir. Y me quedé", dice este hombre que trabajó en hotelería, gastronomía y comercio, y hoy desarrolla un proyecto turístico.
En la ciudad andina formó su familia: conoció a una barilochense con la que tuvo una hija, que hoy tiene 12 años. "Mi señora es de Bariloche y con ella tomamos mate. Amo el dulce de leche, pero me dijeron que le afloje que me iba a agarrar diabetes. Comparto que la carne más rica del mundo está en este país y amo esa emoción por el fútbol", bromea.
La nostalgia y la guerra
La nostalgia por Járkiv, su ciudad natal, aparece cuando habla de los álamos y los aromas del otoño. "A 300 o 500 metros de cada casa, hay un colegio con una cancha de fútbol, de vóley, de básquet, de acceso libre y gratuito. Entonces, uno se juntaba con amigos del mismo condominio a jugar", recuerda. Muchos de sus amigos, dice, emigraron a Canadá y Estados Unidos; otros regresaron a Ucrania.
Sobre la guerra, no duda: "Es muy triste. Me agarra una angustia tremenda cuando abro las redes sociales o veo los noticieros. Todos los días hay ataques en alguna ciudad". Y agrega: "La guerra no se lo deseo a ningún país del mundo. Es mejor arreglar las cosas de forma diplomática. Pero cuando invaden tu país... Ucrania está en todo su derecho de defenderse y reclamar las tierras que le pertenecen. No es un país violento, es un país de producción agrícola".
Nunca pudo volver a Ucrania y no cree que pueda hacerlo por ahora. "Tengo responsabilidades con mi hija, mi señora y mi mamá. Si estuviera solo volvería para ayudar y colaborar. No soy un gran guerrero, pero aunque sea como chofer, para construir, para colaborar con la gente, con los civiles", admite.
La colectividad ucraniana en Bariloche
En Bariloche se encontró con varios ucranianos, muchos de los cuales llegaron huyendo de la guerra en los últimos tiempos. Hoy aspira a conformar una colectividad para preservar las tradiciones y la cultura de su país en las festividades.
Cuando le preguntan por sus sueños, asegura que solo espera seguir trabajando y disfrutar del crecimiento de su hija. "Me gusta del argentino que levanta la vista. Eso de no estar siempre agachado. Y espero que esta guerra termine de una vez por todas y la gente inocente deje de sufrir", cierra.