Dejó los malabares en los trenes y armó una olla popular: hoy cocina para 200 y confiesa lo que pasa en su casa

¿Qué pasa en la casa de la pareja que cocina para 200 personas todos los domingos? La respuesta, en la nota.

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Dejó los malabares en los trenes y armó una olla popular: hoy cocina para 200 y confiesa lo que pasa en su casa
Dejó los malabares en los trenes y armó una olla popular: hoy cocina para 200 y confiesa lo que pasa en su casa

Matías e Isis preparan comida todos los domingos en Llavallol para unas 200 personas, pero su propia familia también hace malabares para llegar a fin de mes. La rutina arranca mucho antes de encender el fuego: atienden su puesto de bazar, vuelven a casa, cortan pollo y verduras y trasladan todo hasta la esquina de Kurth y Polonia, en Lomas de Zamora.

“Muchas veces no llegamos, no llegamos casi nunca a fin de mes. Está todo muy caro ahora: los impuestos, la luz, el gas”, contó Matías, de 42 años, a TN.

Durante casi dos décadas se ganó la vida como malabarista en trenes, semáforos y eventos. Cuando esa actividad dejó de rendirle, salió a buscar otras changas: hoy lava autos y comparte con Isis la atención del puesto de bazar.

Una olla que nació para un invierno y se quedó para siempre

La idea surgió tras una charla con un amigo de Matías que había montado una olla popular en un club del barrio. Él ya tenía experiencia en comedores durante la pandemia y no dudó. Para juntar los ingredientes de la primera jornada, salió con un carrito a recorrer verdulerías, pollerías y comercios pidiendo donaciones. Los vecinos respondieron con alimentos y plata.

“Yo le dije que estaba todo bien, pero que no metiéramos la política en el medio, que yo estaba para hacer una olla”, recordó.

El plan original era sostenerla solo durante el invierno de 2024. Pero llegó el verano y la gente siguió yendo.

“Nos dimos cuenta de que la gente seguía viniendo, cada vez se iba sumando más. No podíamos cortar la olla. Entonces la seguimos”, contó Isis.

Al principio repartían entre 80 y 100 porciones. Hoy llegan a 180 o 200, con familias de Llavallol y de barrios cercanos. Para que la olla no se apague, durante la semana arman listas con lo que necesitan y las viralizan por WhatsApp y redes. Algunos vecinos acercan mercadería; otros transfieren dinero para comprar lo que falta, sobre todo pollo y verduras.

También tomaron una decisión clave: no exponer a quienes van a buscar comida. No filman sus caras ni registran las filas para no mostrar quiénes necesitan ayuda.

Cocinar para 200 y hacer cuentas para la propia mesa

Los domingos, después de trabajar en el puesto, vuelven a casa para preparar todo. Alrededor de las 18.30 empiezan a cocinar y una hora después la comida tiene que estar lista. El menú depende de las donaciones: suelen hacer guisos de arroz o fideos porque rinden y son más fáciles de preparar en grandes cantidades. Hace poco, una carnicería de la esquina les donó milanesas y pudieron armar 250 sándwiches.

“Yo hasta antes no sabía hacer ni un guiso, pero tuve que aprender a hacerlo para 200 personas. Fue reloco”, dijo Matías.

Detrás de esa tarea hay una contradicción que no pueden disimular: la misma pareja que cocina para cientos no siempre tiene resuelta la comida de su propia casa. Sus hijas colaboran con la preparación y, como los domingos pasan casi todo el día trabajando para la olla, muchas veces terminan comiendo lo mismo que prepararon para los demás.

“Los domingos en mi casa se come la comida de la olla”, explicó Isis. Algunas veces vuelven sin nada para cenar, por lo que ahora intentan separar un recipiente para sus hijas antes de empezar a servir.

La actividad también les cambió la vida social. Cumpleaños y reuniones suelen quedar para otro día; sus allegados ya saben que los domingos están ocupados. Y aunque reciben donaciones, conseguir todos los ingredientes es cada vez más difícil.

“Para nosotros es una satisfacción ver que la gente come una milanesa, porque a nosotros mismos se nos complica comer una milanesa”, admitió Matías.

“Con el cariño de la gente te vuelve”

Matías reconoce que la situación económica está peor que nunca. Las cuentas se acumulan, el trabajo escasea y cada mes deben encontrar la manera de cubrir los gastos.

“Hay gente que piensa: ‘Hacen una olla, deben estar rebien’. No, estamos en la misma”, aclaró. Y marcó la diferencia: “Nosotros decidimos dar nuestro domingo y poner nuestro tiempo para poder dar una mano a alguien”.

A pesar de las dificultades, el vínculo con los vecinos los impulsa a seguir. “Con el cariño de la gente te vuelve. Vamos por la calle y nos saluda todo el mundo. Que pasen mis hijas y las miren y las saluden con cariño, que venga gente grande, me dé un beso y nos abrace… A mí eso me hace llegar a fin de mes. Después, las cuentas y todo lo demás son secundarios”, dijo Isis.

Matías sueña con que algún día estas jornadas ya no sean necesarias. “Siempre digo lo mismo: que no se haga más la olla. Pero no por nosotros, sino por el país mismo, por la gente misma. Que cuando no se haga más la olla, supongo que vamos a estar bien”, completó.

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