De odiar el tango a vivir de la danza: la historia del jachallero que creó un instituto con más de 100 alumnos

Lo mandaron a bailar tango a los 11 años y lo odiaba. Hoy, Matías Castro creó un instituto que resistió la pandemia y se llenó de premios nacionales. Pero el camino tuvo un obstáculo que casi lo hace tirar todo por la borda.

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De odiar el tango a vivir de la danza: la historia del jachallero que creó un instituto con más de 100 alumnos
De odiar el tango a vivir de la danza: la historia del jachallero que creó un instituto con más de 100 alumnos

Matías Castro tenía 11 años cuando su madre lo mandó a una clase de tango contra su voluntad. Hoy, a los 34, no solo vive de la danza sino que creó un instituto en Jáchal que ya reúne a más de un centenar de alumnos y cosechó premios a nivel nacional.

“Venía una profe de tango de la ciudad, Daniela Capdevila, y en ese entonces era medio rebelde y mi madre me mandó. No me gustaba porque decía que era para viejo y a la tercera clase amé bailar”, recuerda con orgullo el joven jachallero.

Lo que empezó como una imposición se transformó en una pasión que lo llevó a formarse en distintas disciplinas. Después de sus primeros pasos en el tango, ingresó al ballet municipal, donde se formó junto a Luis Tello, y más tarde comenzó a incursionar en la danza contemporánea en el Instituto Rocío de Jáchal.

Cuando llegó la hora de elegir qué estudiar, no lo dudó. Pese a las sugerencias familiares de buscar una profesión con salida laboral más estable, decidió focalizar su estudio en folclore, tango y contemporáneo. “Se me había puesto que tenía que ser la danza”, contó.

El regreso a Jáchal con un sueño más grande

Después de recorrer distintos espacios de formación y acumular experiencias, Matías decidió volver a su departamento con un nuevo objetivo: ya no se trataba solo de crecer como bailarín, sino de generar oportunidades para otros.

Su intención era crear un instituto o un ballet que acercara a Jáchal disciplinas que no tenían tanta presencia en la comunidad. En un departamento con fuerte tradición folclórica, quiso abrir el abanico artístico. Así, junto a una amiga profesora de árabe, comenzó a darle forma al proyecto.

La pandemia puso a prueba ese sueño. El instituto funcionaba en un salón alquilado y, con las restricciones, Matías llegó a pensar en cerrar porque los gastos superaban lo que podía sostener.

Fue entonces cuando apareció un apoyo decisivo: sus padres y su abuela, que falleció el año pasado, le permitieron modificar parte de la casa familiar para convertirla en el espacio del instituto. “El apoyo familiar es fundamental”, sostuvo.

Pero el esfuerzo no fue solo de su familia. Los padres de los alumnos se comprometieron con distintas acciones para reunir fondos y aportar a la obra. Ese esfuerzo colectivo hoy se refleja en un instituto con más de 100 alumnos, donde aprenden disciplinas dictadas por profesores del departamento y por bailarines que llegan desde otros puntos de la provincia.

Premios nacionales y una reflexión sobre el arte

Uno de los logros más recientes del espacio, que lleva el nombre de Modern Dance, fue una cosecha de premios en el Certamen Nacional Elemental Dance, realizado en Buenos Aires en agosto.

Hoy, con 34 años, Matías reconoce el desgaste que implica una vida ligada a la exigencia física y emocional del arte. Habla de un cuerpo más cansado y, en algunos momentos, de un alma desgastada. Pero hay algo que se mantiene intacto: la pasión. “Siempre con el corazón latiendo mediante la danza”, resumió.

De cara al futuro, se imagina cada vez más vinculado a la enseñanza. Su propósito es transmitir a las nuevas generaciones todo lo aprendido en más de dos décadas de trayectoria y demostrar que el arte puede convertirse en un proyecto de vida.

“Se puede vivir de la danza. Cuesta, pero se puede. Y qué lindo que uno pueda trabajar y vivir de lo que ama”, afirmó.

La historia de Matías es la de un chico de Jáchal que comenzó bailando casi sin querer, que no abandonó aquello que amaba pese a las dudas y las dificultades, y que logró convertir su pasión en una forma de vida. También en una puerta para que otros puedan bailar, aprender y soñar sin tener que irse de su lugar de origen.

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