De Buenos Aires al campo patagónico: tres generaciones que siguen produciendo en La Matilde

El abuelo llegó desde Buenos Aires a un secano sin árboles y lo transformó todo. Hoy, tres generaciones después, el campo sigue en pie con un detalle familiar que pocos conocen.

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De Buenos Aires al campo patagónico: tres generaciones que siguen produciendo en La Matilde
De Buenos Aires al campo patagónico: tres generaciones que siguen produciendo en La Matilde

A unos 60 kilómetros de Viedma, por la ruta nacional 250 en dirección a Conesa, se levanta La Matilde, en el paraje Cubanea. Lo que hoy es un paisaje de árboles, cultivos bajo riego y ganado, fue durante décadas el proyecto de una familia que llegó desde Buenos Aires buscando la vida de campo. Eduardo Peña es la tercera generación al frente de un establecimiento que transformó un secano en un polo productivo.

Cuando su abuelo llegó a la zona, el panorama era otro: monte, tierra seca y casi ningún árbol. Con una vieja topadora y bombas que sacaban agua de sectores vinculados al río, empezó a trazar canales y a ganarle terreno al desierto. “Mi abuelo puso todos los árboles que vos veas allá. Acá no había una planta”, recuerda Eduardo, que aún se emociona al pensar que su abuelo no pudo ver el resultado: “Ojalá pudiera ver lo que tenemos ahora”.

Una historia con raíces y apellido

El establecimiento lleva el nombre de Matilde Devoto, su propietaria hacia 1904, y está inmerso en una zona con larga tradición agrícola. Muy cerca queda Cubanea, la colonia fundada en 1862 por inmigrantes italianos. De esa época todavía queda en pie la casa principal, que la familia está restaurando con planes de seguir recuperándola.

Los Peña tienen además un vínculo que los conecta con la historia argentina: la abuela de Eduardo era sobrina nieta de Juan Domingo Perón, un lazo que conservan en fotografías y documentos.

El padre de Eduardo se crió entre las tareas del campo y él hizo lo propio. Después de estudiar y trabajar unos años en otro establecimiento de la zona, volvió para trabajar junto a su padre. La familia llegó a tener unas 10.000 hectáreas; hoy trabaja alrededor de 4.500.

De las ovejas a un rodeo de 500 madres

Los primeros años estuvieron marcados por la producción ovina, una alternativa accesible porque “era lo más barato de comprar”. Pero los problemas con predadores como pumas y jabalíes, sumados a robos y pérdidas, empujaron a la familia a volcarse a los bovinos. La madre de Eduardo mantuvo unas pocas ovejas por apego, pero el rodeo bovino se convirtió en el eje.

Hoy manejan alrededor de 500 vacas madres con genética Hereford. En años favorables llegaron a 600 o 700 madres y más de 1.000 animales en total. El sistema es de ciclo completo: cría, recría y terminación, con servicio tradicional y sin inseminación artificial.

Uno de los cambios más importantes fue el destete precoz. Antes los terneros se destetaban a los 150 o 180 kilos; ahora los sacan mucho antes para aliviar a las madres. Pasan por corrales con alimento balanceado y núcleo proteico, y después van a las pasturas. La recría busca llevarlos a 250 o 300 kilos, y la terminación, que se hace en corrales con maíz, núcleo y rollos, los deja en unos 400 kilos de salida, aunque el peso final depende del mercado.

El riego como columna vertebral

La ganadería se complementa con unas 200 hectáreas bajo riego donde producen cebolla, maíz, alfalfa y verdeos de invierno. El riego es por inundación: “el agua ingresa desde el canal principal hacia las acequias internas”, explica Eduardo, y el mantenimiento de esas acequias corre por cuenta de los productores.

La nivelación de los terrenos es una tarea clave, porque en un campo con desniveles el agua se acumula en las partes bajas y no llega a las altas. “Donde hay un pocito se encharca y perdés plata. Y donde hay una lomita, no te llega el agua”, grafica. Esa experiencia lo llevó a ofrecer servicios de nivelación para otros productores.

El maíz se usa tanto para grano como para silaje (aunque esta práctica se redujo), y la alfalfa se destina al pastoreo y a la confección de rollos. En invierno suman avena para sostener la alimentación. Eduardo combina forraje verde con rollos para evitar problemas digestivos y ajusta el momento del enfardado para minimizar pérdidas por viento y sequedad.

Una producción construida con experiencia

Detrás de este esquema hay décadas de aprendizaje familiar. Eduardo reconoce que buena parte de lo que sabe lo aprendió trabajando, observando y resolviendo problemas cotidianos. Esa experiencia es la que hoy sostiene un establecimiento que pasó de ser un secano sin árboles a un modelo de producción bajo riego en plena Patagonia.

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