De abogado a papá: cruzó el mundo para adoptar a dos hermanos haitianos

¿Qué harías si tu vuelo se cancela el día que vas a conocer a tus futuros hijos? La odisea de un mendocino que desafió la burocracia y la distancia para cumplir su sueño de ser padre.

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De abogado a papá: cruzó el mundo para adoptar a dos hermanos haitianos

Daniel Rueda dejó los tribunales mendocinos para embarcarse en una odisea que lo llevó hasta Haití y cambió su vida para siempre. Lo que comenzó como un sueño de paternidad postergado se convirtió en una historia de perseverancia, encuentros milagrosos y amor incondicional.

Oriundo de General Alvear, Daniel creció en una familia numerosa. Desde chico mostró inclinación por la justicia y el debate, lo que lo llevó a estudiar abogacía. Se recibió y trabajó en el Tribunal de Ética y Disciplina del Colegio de Abogados, donde su desempeño lo llevó a la Federación de Colegios de Abogados. Pero en 2004, un superior le propuso reavivar una sala cultural del Colegio. Aceptó sin dudar y descubrió su pasión por la gestión cultural.

Durante años organizó eventos, conectó artistas y galerías, pero al cumplir 40 años sintió que algo faltaba: ser padre. Corría 2011 cuando se sumergió en las leyes de adopción argentinas. En el Registro Único de Adopción le informaron que había más de 500 aspirantes en lista de espera. Entonces recordó los artículos 2636 y 2637 del Código Civil, que permiten adopciones internacionales. La respuesta del registro lo dejó helado: “No tenemos inscriptos en esa lista, estarías primero”. Así comenzó su periplo.

Investigó legislaciones de México, Brasil, África y varios países, pero en todas partes los monoparentales masculinos quedaban últimos. Necesitaba una abogada especialista en derecho internacional. Ahí apareció Fabiana Quaini, quien aceptó el desafío: “No hay casos en Mendoza de adopción monoparental masculina. A trabajar”.

¿Por qué Haití?

En 2015, mientras giraba un globo terráqueo, Daniel se detuvo en Haití. Su abogada confirmó que la ley de adopción haitiana de 2013 lo permitía. Tras varios rechazos de orfanatos religiosos ortodoxos, llegó un mail que aceptaba su expediente: dos hermanos, de 5 y 8 años, eran adoptables. Pero debía ratificar la solicitud por ambos mediante un telegrama. Daniel no lo dudó.

Armó la valija con incertidumbre y esperanza. El plan era simple: volar de Mendoza a Haití para la audiencia judicial. Pero en el aeropuerto cancelaron su vuelo de Aerolíneas Argentinas. “Después de años soñando con ser padre, ¿cómo le explicaría a un juez haitiano que perdí la audiencia por un vuelo suspendido?”, recordaría después.

Reorganizaron su ruta: Mendoza, Buenos Aires, San Pablo, República Dominicana. En una sala de San Pablo, Daniel se quebró. Lloró solo. Los pasajeros le preguntaban si necesitaba ayuda. Él respondía que estaba bien, pero sentía que la oportunidad se le escapaba.

Temblando, llamó a la aerolínea dominicana. Una mujer atendió: “Tranquilo, entiendo lo que le pasa. Soy haitiana”. Esa frase le devolvió el alma al cuerpo. Le pidió que llamara en dos horas. Cuando lo hizo, ella dijo: “Una empresa española alquiló una avioneta para ir a Haití y aceptó llevarlo”. Era una aeronave de diez asientos con hélices. Cambió de aeropuerto, subió con el corazón acelerado y aterrizó en Puerto Príncipe. Nunca conoció a esa mujer. “Actuó como un ángel”, dice hoy.

El encuentro que cambió tres vidas

En la puerta de arribos, dos niños corrieron hacia él. El más pequeño, de 5 años, se aferró a su pierna. El otro, de 8, sonreía con esperanza. Se llamaban Mackenson y Emmanuel. Fueron a una pizzería para presentarse. A pesar de las barreras del idioma (ellos hablaban criollo haitiano, francés y algo de inglés), Daniel se comunicó como pudo.

Decidió quedarse unos días en el orfanato para estar cerca de ellos. El 28 de enero de 2015, con la patria potestad en mano, emprendieron el regreso. Antes, visitaron una playa local: los niños vivían a 400 metros del mar pero nunca lo habían visto. “Fue un pequeño sueño”, recuerda Daniel. Llegaron a Mendoza el 3 de febrero, recibidos por sus hermanos, su madre y amigos. Comenzó la adaptación: escuela, siete vacunas al hilo, y el hogar se llenó de ruido.

Hoy, 25 de junio de 2026, Mackenson tiene 19 años y Emmanuel 17. Cursan el último año de secundaria. Daniel los despide cada mañana con un beso en la frente. La casa está más silenciosa desde que los chicos crecieron, por eso hace tres meses llegó Kiko, un perrito. “Siento un poco el nido vacío”, confiesa Daniel con emoción. Pero su mirada incondicional lo dice todo: valió la pena cada obstáculo.

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