Cumple 100 años el comercio más antiguo de Santa Rosa: la historia que casi nadie conoce

¿Cómo hizo un vivero nacido de un inmigrante italiano para convertirse en el comercio más antiguo de Santa Rosa y llegar a los 100 años? La historia que casi nadie conoce.

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Cumple 100 años el comercio más antiguo de Santa Rosa: la historia que casi nadie conoce
Cumple 100 años el comercio más antiguo de Santa Rosa: la historia que casi nadie conoce

El Vivero Petruzzi, el comercio más antiguo de Santa Rosa, está transitando su año número 100 y en abril celebrará su centenario. Nació de la mano de un inmigrante italiano y hoy sigue vigente conducido por Doris, su hija, que lo mantiene verde y vital frente al paso del tiempo.

El vivero ofrece plantas, frutales, rosales, plantines y macetas, y casi sin que nadie lo advierta se transformó en verdadero patrimonio histórico y natural de la ciudad.

Una historia que cruzó el océano

Miles de familias llegaron a estas tierras escapando de los horrores de la guerra que devastaría Europa. Vinieron detrás de una esperanza: desarrollar sus vidas en esta patria y aportar su esfuerzo a construir la grandeza de muchas naciones. Así llegaron italianos, españoles y otros europeos, y se quedaron para siempre, porque esta Pampa donde todo estaba por hacerse les abrió sus brazos como un horizonte infinito de promesas.

Muchos labraron la tierra, hundiéndose en los surcos del porvenir; algunos levantaron edificios o se dedicaron a otros trabajos artesanales y oficios, dejando su huella indeleble en el hacer fundacional de nuestros pueblos.

El Vivero Petruzzi nació de la mano labriega de un inmigrante italiano y hoy sigue vigente conducido por Doris, una emprendedora que vive rodeada de esas plantas que esperan silenciosas, en sus terrones de greda, por un lugar definitivo donde hundir sus raíces, crecer y desarrollarse bajo el cielo pampeano.

Semejante trayectoria no hubiera sido posible sin una enorme solidez construida con denodado esfuerzo y una responsabilidad inquebrantable para lograr arraigo en una comunidad como la santarroseña. Arribar a los 100 años es una demostración plena de resiliencia: la prueba de que el vivero pudo superar crisis económicas cíclicas, vendavales políticos y profundas transformaciones tecnológicas, manteniéndose verde y vital frente al paso del tiempo.

Un referente indiscutido

Con los años pasó a ser un referente indiscutido, y hoy son muchas generaciones de clientes las que pueden avalar la calidad de su servicio y sus productos. Son abuelos, hijos y nietos que han llevado a sus patios un pedazo de este pulmón histórico.

Aunque sus propietarios no se den cuenta en la vorágine del trajín diario, y aunque los vecinos se hayan acostumbrado a verlo allí como estampa fija del paisaje urbano, el vivero es patrimonio histórico y cultural de esta ciudad. El contacto con la naturaleza, el aroma húmedo de sus plantas y el colorido estacional de sus flores le otorgan un estatus distinto al de cualquier otro comercio.

El Vivero Petruzzi, desde hace un siglo, ofrece vida con el aroma de sus plantas y el colorido de sus flores.

La historia familiar

Doris, hija del fundador Eugenio Petruzzi, conduce con firmeza ese espacio que es toda una referencia en la zona donde está instalado. Hace unas décadas se alzaban por allí sólo la cancha de General Belgrano —muy distinta a lo que es hoy—, el vivero y algunas pocas casas diseminadas por lo que sería el germen de la gran barriada que pasó a ser la Villa Alonso. En aquel entonces, el paisaje era un descampado donde el verde del vivero ya pulseaba contra el desierto.

Doris se muestra un poco reticente a la charla primero, resguardando la intimidad de los recuerdos, pero poco a poco va desgranando la memoria, ofreciendo nombres y datos como quien comparte las semillas de una vieja cosecha. Y cuenta: "Mi papá era Eugenio Petruzzi… cuando él tenía 17 años mi abuelo lo mandó a Génova para tomar un barco que lo iba a llevar a Estados Unidos. Pero algo pasó…". Lo cierto es que el destino desvió la brújula y al final tuvo que embarcarse para la Argentina. "Mi abuelo no quería que lo mandaran al frente de batalla, porque se avecinaba la Primera Guerra Mundial y por eso decidió que saliera de Italia", agregó.

Los Petruzzi —los abuelos Giussepe y Assunta, padres de Eugenio— vivían en la bellísima y mística zona de Umbría, un lugar de colinas verdes que Doris pudo visitar alguna vez, cerrando el círculo de la nostalgia.

Primero Catriló, después Santa Rosa

Eugenio, después de muchos días de una navegación que parecía no terminar nunca, llegó como tantos extranjeros en ese tiempo, con los ojos llenos de mar, y fue alojado en el Hotel de los Inmigrantes en Buenos Aires. Desde allí, miles de europeos emprendieron rumbo hacia el misterioso interior de la vasta Argentina. Los italianos constituyeron el grupo migratorio más numeroso del país. Mientras algunos se asentaban en el cemento de las grandes urbes, otros eran derivados a las promesas agrícolas del litoral y la pampa húmeda.

En el caso de Eugenio, guiado por alguna referencia difusa del lugar, partió en tren rumbo a Catriló. En esos tiempos, aquella localidad era apenas un puñado de casas bajas arracimadas alrededor de la estación.

Estuvo un tiempo allí, desafiando la soledad, y por un contacto que consiguió en algún momento llegó a Santa Rosa para desempeñarse como cuidador de la cancha de bochas del Club Belgrano. Mientras él vivía en una piecita humilde en el club, empezó a frecuentar a una familia que se había instalado en las cercanías. Por esas casualidades mágicas del destino, tanto Eugenio como sus vecinos eran oriundos de Cittá di Castello, en la mismísima Umbría.

Pero más asombroso todavía fue saber que parte de ese grupo —el padre vino más tarde— había viajado exactamente en el mismo barco que trajo a Eugenio desde Italia. Oliva —hija de Palma y Domingo Bruschi— era entonces una niñita de apenas dos años que se movía inquieta por la cubierta de la embarcación, y su madre le había pedido a aquel joven Eugenio, más de una vez, que le ayudara a cuidarla durante la travesía atlántica.

El reencuentro en la llanura

Pasados los años, Oliva —aquella niña del barco, ahora convertida en una mujer— y Eugenio se reencontraron en la inmensidad de la llanura, cuando él empezó a frecuentar a los Bruschi que vivían a pocos metros de distancia. El destino había dado su golpe genial, tejiendo un lazo invisible sobre el océano que vino a anudarse en La Pampa. Con el tiempo contrajeron matrimonio.

Doris rememora esa historia casi increíble y no puede evitar una sonrisa que ilumina el lugar donde estamos charlando. Sus padres se casaron el 19 de abril de 1941 (el vivero ya estaba pero se tomó esa fecha para utilizarla como la de su fundación). Luego llegarían los hijos: Palma Doris (Doris) y Alberto (fallecido).

Con el tiempo la familia creció y las ramas se extendieron. Doris se casó con Félix Beascoechea, con quien tuvo tres hijos: Hugo, Darío y Mónica (fallecida muy joven, dejando una ausencia que aún duele). Los nuevos brotes —los nietos— completaron el árbol familiar: Julián, Román y Andrés (hijos de Mónica); Mateo (de Hugo); Félix, Alberto y Guadalupe (hijos de Darío).

La compra del terreno y el nacimiento del vivero

Mientras conversamos sentados a la mesa en el comedor de su casa —al lado mismo del vivero— Doris sigue mostrando algunas fotos ajadas por el tiempo y habla, ahora sí, animadamente. "Claro que todo fue una historia increíble. Mi padre había llegado al país sin nada. Solo con sus deseos de poner todo su esfuerzo para hacerse una vida y, a partir de su conocimiento, trabajar la tierra", relata.

Por allí cerca también vivía René Parada —otro queridísimo personaje de aquella Santa Rosa y uno de los primeros dirigentes del Club General Belgrano—, con quien Eugenio entabló una gran y entrañable amistad. "Fue él quien le dijo a mi padre: 'Gringo, comprate un terreno por aquí'". En ese momento la familia Alonso había loteado la zona, y el aliento de su amigo, sumado a las facilidades de pagar en cuotas, lo decidieron: compró una manzana entera justamente frente mismo a la entidad tricolor, en la esquina de Tucumán y la avenida Belgrano.

La gran oportunidad había llegado para Eugenio y Oliva. Decididos y hermanados con el surco, empezaron a laborar la tierra primigenia. "De a poco el vivero fue creciendo, y fue todo un acierto que mi padre instalara un tanque de agua de 100 mil litros para regar toda la zona. Es un tanque australiano que tiene bomba sumergible a 60 metros de profundidad, si no sería imposible llenarlo", precisa Doris.

Su padre falleció joven, cuando tenía nada más que 52 años, en momentos en que Doris hacía poco se había casado con Félix Beascoechea. "Mamá era muy emprendedora, le encantaban las plantas así que mantuvo todo lo que se hacía. En esa época lo que llegaba para vender eran eucaliptos, pinos, álamos y otras especies forestales que se traían de Buenos Aires y que acá no eran nada comunes; y también los vegetales frescos de la huerta…".

Félix y Doris, codo a codo

Cuando Félix dejó su anterior trabajo se sumó al latido del vivero. Entre los dos le dieron su impronta definitiva. "Viajábamos en camión a Buenos Aires a traer plantas, y comprábamos lo que nosotros no producíamos… y todo esto fue creciendo paulatinamente", expresa con la nostalgia de los caminos recorridos.

Algunas copas y trofeos que brillan sobre un mueble llaman la atención en la penumbra del comedor y le pregunto a qué corresponden. Ella sonríe con orgullo: "Lo que pasa es que Félix fue un gran ciclista, y hasta llegó a ser campeón pampeano", en aquellos tiempos épicos en que competían Guillermo Wiggenhauser y Juan Carlos Vega, entre otros titanes de las rutas. Y las vueltas de la vida volvieron a mostrar una coincidencia: su suegro, Eugenio, años atrás también se había destacado en el deporte sobre dos ruedas. El pedal y la tierra, dos pasiones unidas.

Doris al frente

Cuando el "Vasco" faltó, obviamente fue un golpazo tremendo, un dolor que amenazó con nublar el jardín. Pero Doris lleva en la sangre esa determinación, ese coraje y esa estirpe que traían los antiguos pioneros que no saben aflojar. Hoy, verla caminar entre los pasillos verdes del vivero es entender la verdadera dimensión de la templanza.

Hay una sabiduría silenciosa en sus manos, la misma que heredó de Eugenio y Oliva, esa capacidad tan pampeana de resistir las heladas más crudas sabiendo que, tarde o temprano, la primavera siempre regresa.

Doris no sólo cuida plantas; además custodia un siglo de memorias familiares, de barcos transatlánticos, de tardes de ciclismo y de una Villa Alonso que creció a la par de sus árboles. Mientras el cemento avanza implacable sobre la ciudad, ella permanece allí, firme como un caldén, al frente de este oasis de resistencia.

El Vivero Petruzzi transita su centenario no como un sobreviviente del pasado, sino como un faro de nostalgia y porvenir, demostrando que en el gran jardín de la vida, el amor y el trabajo son semillas capaces de vencer al tiempo.

El festejo que se viene

Doris Petruzzi es una persona muy inquieta, y se interesa no sólo por su vivero. Hace más de dos décadas, sabiendo que por aquí viven muchos descendientes de italianos, pensó que sería bueno fundar el Centro Umbro en la provincia, entidad que hoy preside.

"Surgió la idea, y el primero que se puso en contacto fue 'Titi' Marinelli, que me contó que su familia justamente vino de la región de Umbría, y hace poco más de 20 años armamos el centro", recordó por estas horas.

Es infatigable, y además del vivero que ha sido central en su vida, en algún tiempo Doris fue también integrante de la comisión directiva de la Cámara de Comercio.

Un amigo que la conoce mucho aportó también lo suyo: "Cuando su hijo Hugo estaba estudiando en Bahía Blanca, y como las cosas andaban más o menos en el comercio, Doris que es profesora de dibujo empezó a enseñar. Fue una manera de conseguir más ingresos para la familia". En este punto Doris no quiere dejar de mencionar a una alumna: "Susana Álvarez me ayudó muchísimo en ese momento, y después incluso trabajó en el vivero", recordó.

Volviendo al tema del vivero, la propietaria señala que "es un emprendimiento de índole bien familiar que va transcurriendo por su tercera generación. Desde siempre nos caracterizó la mejor atención, nos brindamos al cliente y le dedicamos tiempo, porque es clave que no se quede con ninguna duda y que pueda recibir recomendaciones sobre qué es lo más adecuado a la hora de ubicar una planta y de qué especie", destaca Doris.

Aunque faltan algunos meses, ya está pensando en el festejo del centenario. "Lo hemos realizado en otras oportunidades en el salón de ventas y lo vamos a repetir allí. Habrá un catering para la gente que también podrá salir y pasar un rato afuera entre las flores y las plantas. ¡Claro que será especial! ¡Son 100 años!", dice mientras observa con nostalgia el fruto de tanto trabajo y esfuerzo.

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