Un grupo de montañistas salteños se metió en una selva cerrada con cuatro machetes y una llovizna que no daba tregua. Lo que buscaban estaba en el filo de la sierra, y lo que encontraron enterrado ahí no estaba en ningún mapa.
El Club Amigos de la Montaña concretó en octubre de 1976 uno de esos objetivos que llevaban años en carpeta: unir la Estancia "El Rey" con General Güemes atravesando el cordón montañoso conocido como "Cresta del Gallo". La travesía demandó más de 40 kilómetros de senda, en su mayoría sobre un terreno boscoso de acceso complicado y habitado por animales peligrosos.
El cerro Bayo, con 2.327 metros sobre el nivel del mar, marca el límite noroccidental del Parque Nacional. Esa pared de piedra y vegetación fue el escenario del cruce.
El operativo para llegar al punto de partida
La expedición no arrancó sola. Contó con el respaldo de la Dirección Provincial de Turismo y del Regimiento 5to de Caballería, que puso a disposición un camión Unimog para llevar a los montañistas y su equipaje hasta la Administración del Parque Nacional.
La salida fue el viernes 8 de octubre a las seis de la mañana desde los cuarteles de la Guarnición Militar local. Cuatro horas más tarde llegaron a destino, donde los aguardaba el intendente del Parque, Benjamín Bossi, con un asado.
El viaje por la RN34 no presentó problemas, pero desde Lumbreras el camino sin pavimentar (RP5) estaba en malas condiciones por las lluvias intensas de esos días. Lo mismo ocurría con el acceso desde Las Víboras hasta la Administración.
Un parque que conservaba su riqueza intacta
Creado en 1948, el Parque Nacional "El Rey" era por entonces uno de los puntos de mayor atracción de la provincia. Su topografía escabrosa y su difícil acceso permitieron que la flora y la fauna se mantuvieran prácticamente sin alteraciones con el paso de los años.
Su geografía se divide en tres zonas bien diferenciadas: el valle o lomería, el bosque alto y las cumbres o prados alpinos. Tiene gargantas profundas recorridas por hilos de agua que riegan ambas pendientes de la serranía.
La fauna de aquel tiempo incluía yaguaretés, corzuelas, monos, coatíes, zorros y tapires, con una gran variedad de ofidios y chanchos majanos, temidos por su agresividad.
Los montañistas buscaban seguir una vieja senda que usaban los primitivos arrieros cuando la Estancia "El Rey" era propiedad privada y por allí se arreaba el ganado hacia el Valle de Siancas.
Quiénes encabezaron la travesía
El responsable de la expedición fue el ingeniero José Alberto Pintado, por entonces reciente vencedor del Aconcagua por el Glaciar de los Polacos y expedicionario al Illimani, en Bolivia.
Lo acompañaron los guías de la entidad Luis Horacio Aguilar, Mario Antonio Olivera, Mario Aramayo, Juan Carlos Chermulas y los hermanos Carlos y Pablo Pagano.
El grupo se había comprometido a estudiar la flora, la fauna y la topografía de la zona, una investigación que se iba a difundir a través de los informes periódicos que publicaba la institución.
La marcha: machetes, llovizna y un sendero que desaparecía
Después del asado, los expedicionarios partieron a las dos de la tarde con un guía que los acompañó hasta que el sendero primitivo se perdió en la maraña del bosque. El cielo estaba totalmente cubierto y una llovizna fina y persistente caía por momentos, reduciendo la visibilidad e impidiendo ubicar los puntos de referencia.
Pese al mal tiempo, la columna avanzó cruzando el arroyo Agua Negra y, en varias oportunidades, el arroyo de la Cuesta.
El relato de los propios protagonistas describe la primera jornada: "Era extraordinario ver cómo la vegetación cada vez era más tupida y la selva más cerrada. Así es que tuvimos que desenvainar nuestros machetes que en reiteradas oportunidades debieron entrar en acción. En el camino encontramos naranjos y limoneros y a las tres horas de marcha el guía nos dejó y continuamos solos".
Tras cruzar cuatro veces el arroyo de la Cuesta y con la tarde cayendo, acamparon en una de sus orillas. Encendieron una gran fogata pese a que la leña estaba mojada y tomaron precauciones para evitar la visita de los chanchos majanos, abundantes en la zona, que esa noche no aparecieron.
El sábado 9 de octubre, a las 7 de la mañana, arrancó la segunda jornada. Las nubes seguían bajas y el sendero había desaparecido, por lo que había que rastrearlo. Más adelante encontraron un tramo del camino que les permitió avanzar con más ánimo, hasta comprobar que en varias partes seguía el curso del arroyo, se apartaba y luego trepaba decididamente.
Los cuatro machetes trabajaban sin descanso para abrir la senda. Hubo zonas donde debieron hacer túneles entre la maraña para poder pasar, mientras el tiempo empeoraba y la lluvia aumentaba. Empapados, siguieron por la zona de mayor pendiente hasta llegar a un lugar donde los árboles eran más altos y la vegetación de abajo, menos tupida.
El filo de la sierra y una cruz inesperada
Almorzaron a las 14 y, apenas retomaron la marcha siempre en subida, alcanzaron por fin el filo de la sierra "Cresta del Gallo". Al seguirlo ganaron altura rápido, aunque el frío se hacía más intenso por estar mojados.
Caminando por el filo encontraron un hierro enterrado que al final resultó ser una cruz.
El problema ahora era bajar. El cordón caía a pique en casi todos lados, lo que impedía cualquier avance en descenso. Más adelante dieron con una zona que les permitió descender y luego hallaron rastros de la senda que habían perdido.
Al salir de las nubes pudieron divisar desde lo alto toda la planicie: a lo lejos General Güemes, varias fincas, el camino a Esquina de Quisto y una picada que moría al fondo del cerro. Decidieron que esa era la mejor ruta para llegar hasta el camino de vehículos (RN34) y apuraron el paso para alcanzar el llano y acampar.
El descenso no fue sencillo. El sendero se perdió en un bosque enmarañado y los machetes rebotaban en las ramas. Sin otra alternativa, se calzaron los mitones y lucharon durante casi dos horas hasta dejar atrás ese monte bravo y caer justo al arroyo Las Garrapatas, donde montaron el campamento.
El cansancio era grande, pero la alegría también: habían dejado atrás unos 40 kilómetros y el cruce de la "Cresta del Gallo" era un éxito. Lo que quedaba por delante era mucho más fácil.
El final del camino y el brindis
Ya abajo, más tranquilos, apreciaron el cerro El Crestón, de unos 1.900 metros, y a un costado de su cima el camino por donde habían bajado. El campamento quedaba a 800 metros sobre el nivel del mar y allí hicieron noche.
El domingo 10 de octubre, tras liquidar todos los víveres, emprendieron la marcha hasta El Algarrobal. Olivera y Chermulas hicieron gran parte del trayecto a lomo de mula para aliviar sus pesares y luego tuvieron la suerte de que un camión los trasladara hasta la ciudad de General Güemes.
El resto del grupo siguió hasta El Algarrobal, donde un botánico alemán los trasladó en su movilidad hasta Güemes. Allí brindaron con cerveza por el nuevo éxito del Club Amigos de la Montaña.
No todo salió como estaba previsto: las observaciones planificadas no se pudieron cumplir por el mal tiempo. Solo se pudo observar parte de la flora y, en cuanto a la fauna, el frío y la lluvia la hicieron prácticamente desaparecer de la ruta. Tampoco se dejaron ver los chanchos salvajes ni los abundantes ofidios que proliferan en esa sierra.
Aun así, la institución concretó otro viejo anhelo: unir por las sierras de la Cresta del Gallo el Parque Nacional "El Rey" con General Güemes.