Crió a un chancho para carneada, pero los chicos del barrio lo convirtieron en su mejor jugador

Teresa lo trajo a Cerrillos para engordarlo y hacer una carneada. Pero los chicos del barrio tenían otros planes para "Niño": lo nombraron jugador de la canchita. El final de la historia es el que menos esperaban.

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Crió a un chancho para carneada, pero los chicos del barrio lo convirtieron en su mejor jugador
Crió a un chancho para carneada, pero los chicos del barrio lo convirtieron en su mejor jugador

En Cerrillos, un pueblo salteño, un cerdo llamado "Niño" se convirtió en la mascota de la barra del barrio y en un jugador más de los picados en la canchita. La historia, que ya es leyenda barrial, terminó de la manera menos pensada.

Teresa "Macaferri" Guaymás trabajaba como chofer del Hospital de El Tala, en el límite con Tucumán. Un día volvió a Cerrillos para visitar a su madre y le dejó un encargo: cuidar a un "cuchicito" que le habían regalado. La idea era que engordara hasta los 200 kilos para una "carneada" al invierno siguiente, como hacía una familia española en El Tala.

Lo que no le advirtieron fue que para alcanzar ese peso el animal necesitaba tiempo y buena alimentación, dos cosas que en la casa escaseaban.

El primer chasco

Seis meses después, Teresa volvió a Cerrillos para ver los progresos del chancho. El animal no llegaba ni a los 100 kilos, así que de mala gana postergó la faena un año más. Para entonces ya había invitado a todos sus amigos del Ministerio de Salud Pública.

Pero en esos meses el lechón había cambiado. No solo había subido de peso: estaba vivaracho. Los cuatro hermanos de Teresa, los Liendro, de entre ocho y doce años, se habían encariñado con el "cuchi", que de a poco fue adoptando conductas de mascota. Casi se comportaba como un perro: no ladraba ni movía la cola, pero era más pícaro que "Rosquita", el caschi de la casa.

Los chicos lo bautizaron "Niño", en memoria del perro que poco antes había muerto tras enfrentar a "Bombón", un Bullterrier de oreja mocha y enormes mandíbulas, en una pelea por cuestiones amorosas. Así, el cerdo heredó el nombre del valeroso caschi.

El jugador número doce

El cuchi no solo respondía al nombre: también acompañaba a los chicos en sus juegos. Cuando iban a la canchita del barrio, él hacía lo mismo y empezó a participar del picado, corriendo detrás de la pelota o llevándola a trote tendido a puros hocicazos.

Esa participación le trajo amistades. Toda la changada del barrio le tomó gran estima y él, casi como un perro, saludaba a cada uno ofreciendo su cabeza para que le dieran un buen rascado, o frotaba su costal contra las piernas de quien lo mimaba.

Mientras confraternizaba con los chicos, "Niño" seguía creciendo y engordando, algo que a sus amigos no les llamaba la atención. Pero su conducta resultaba curiosa para quienes pasaban por el lugar y veían a un cerdo de respetable tamaño entre las corridas de los chicos. Aunque estaba gordo a ojos vistas, no había perdido agilidad: sorprendía la aceleración que imprimía en poca distancia, sobre todo cuando hocicaba la pelota contra el suelo.

Así pasaron los meses, sin que "Niño" dejara de crecer, engordar y entrometerse alegremente en los juegos.

La sentencia

Como dice el criollo, "no hay tiento que no se corte ni tiempo que no se cumpla". Pasada una Semana Santa, Teresa regresó a Cerrillos ansiosa por ejecutar la promocionada "carneada". El animal, que correteaba todos los días junto a la changada, ya pesaba cerca de 300 kilos.

El problema estalló cuando Teresa anunció a voz de cuello que había que preparar ollas y enseres para sacrificar a "Niño" al día siguiente por la tarde, para hacer morcillas, chorizos y cuantas cosas más.

La reacción de sus hermanos fue inmediata: consternados, se le fueron al humo pidiendo que no matara al chancho y, colgados de su ropa, a los gritos pedían clemencia para "Niño", que bajo la mesa era mudo testigo del llanto de los chicos.

Teresa estaba dispuesta a llevar la carneada hasta las últimas consecuencias, pese a las tiernas peticiones. Al fin y al cabo, para eso había traído al chancho hacía como dos años. Para cerrar la escena, se puso de pie, amenazó a los llorones con sacar el "traslapuerta" (rebenque) y salió a las zancadas a la calle, avisando que iba hasta un carnicero amigo en busca de chairas y cuchillos.

En la casa todos quedaron en un solo llanto mientras "Niño", como presintiendo algo raro, permanecía pensativo bajo la mesa sin ofrecer su cabeza para un rascado, como hacía habitualmente.

La despedida en la canchita

Los chicos lloraron un buen rato hasta que finalmente se fueron en tropel a la canchita para juntarse con los amigos del barrio. Esta vez no llegaron a los saltos ni correteando: iban a paso lento, lagrimeando mientras abrazaban a "Niño", que como siempre iba junto a ellos.

En una esquina del descampado, la changada se enteró del pesar de los Liendro cuando estos anunciaron: "mañana lo van a matar a Niño". La confesión dejó atónita a la barra. A partir de ese momento, todos los chicos se acercaron al cerdo para abrazarlo como si fuese uno de ellos. Uno le rascaba la cabeza, otro le golpeteaba suavemente las orejas. Todos esa tarde estaban tristes y cada uno tuvo una caricia para "Niño", pero nadie podía hacer nada por el animal.

El querido cerdo estaba condenado y al día siguiente por la tarde, según palabras de Teresa, sería ejecutado sin más vueltas: "llore quien llore y patalee quien patalee", había dicho.

Aquella tarde nadie jugó a la pelota. Ya casi a la oración, cada uno regresó a su casa mascullando la mala noticia, mientras los Liendro, cabizbajos, volvieron con el chancho. No bien llegaron, lo encerraron en su pequeño cubil para pasar la noche y uno a uno, sollozando, se despidió del animal pensando que al otro día lo volverían a ver por última vez.

La ejecución

Al día siguiente por la mañana, luego de que sus hermanos partieron a la escuela, Teresa y dos ayudantes se ocuparon de pasar a mejor vida a "Niño". Según la báscula de la estación, el animal pesaba eviscerado 290 kilogramos. Así, la dueña se dio finalmente el gusto de hacer su carneada y, de paso, evitó que sus hermanos fueran testigos de la ejecución del cerdo que para ellos era un amigo más.

Por un buen tiempo la changada extrañó las jugarretas de "Niño", ese inmenso cerdo que de pequeño había aprendido a jugar al fútbol. Historias de barrios de antes, como dicen.

¿Qué es una carneada?

Es una vieja práctica introducida mayoritariamente en el país por colonos italianos y españoles. Consiste en faenar en otoño o invierno, de modo casero, uno o más cerdos de buen tamaño. En esa faena, que llaman "carneada", se elaboran artesanalmente chorizos, morcillas, panceta, salamines, jamón, paleta, bondiola, manteca (grasa) y "queso de chancho". Las costillas se reservan para el asado que el dueño de casa ofrece a todos los que ayudaron en la carneada.

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