Corren detrás del camión de la basura y una postal los mandó a terapia: la historia de Leonardo y Churry

Leonardo y Churry llevan más de medio siglo juntando la basura de Comodoro. Trabajan con frío, viento y lluvia, pero el peligro más grande no viene del clima: aparece dentro de las bolsas que los vecinos dejan en la vereda.

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Corren detrás del camión de la basura y una postal los mandó a terapia: la historia de Leonardo y Churry
Corren detrás del camión de la basura y una postal los mandó a terapia: la historia de Leonardo y Churry

Leonardo y "Churry" son dos de esos trabajadores que la ciudad ve pasar todos los días sin mirarlos. Entre los dos suman 53 años de servicio en la recolección de residuos de Comodoro Rivadavia, y este 2 de octubre, Día del Recolector, sus historias salen del anonimato.

Leonardo arrancó hace 32 años. Churry, 21. Trabajan para Urbana, la empresa que en la ciudad todos conocen como Clear, y conocen como pocos lo que significa ir colgado de la parte trasera de un camión.

"Empecé de pibito": la escoba antes que el camión

Leonardo no arrancó arriba del camión. Su primer trabajo fue con una escoba en la mano. "Empecé de pendejito, tendría unos 20 años", recuerda. "Empecé como barrendero. Normalmente barría en avenida Rivadavia, desde Alsina hasta España. Después me mandaron al camión, después volví a barrida y hasta hace unos dos años estuve en el camión atrás".

Los horarios de entonces eran otros. Los domingos podían empezar a las 21 y estirarse hasta las 2 de la madrugada. A las 7 había que volver a trabajar.

También era otra Comodoro. "Los vecinos para las fiestas nos daban pan dulce, sidra. Era otra época, la gente se conocía más, era chiquito Comodoro. Era una época hermosa. A veces uno, que tiene más años, siente que ya no va a volver ese tiempo. Y se extraña, pero agradecemos mucho tener trabajo".

Leonardo recuerda cuando los recolectores podían correr una o dos cuadras por delante del camión, retirando bolsas y formando montones para acelerar la recolección. "Tenían que quedar los canastos limpios, impecables. Nos controlaban mucho en eso", cuenta.

Hoy esa dinámica cambió por seguridad. "Antes, con el mismo envión del camión pegábamos el salto para llegar en dos pasos al canasto. Hoy no se permite eso. Nos piden que cuando nos largamos del camión esté parado totalmente".

Son cambios chicos que pesan en un oficio donde una mala caída, un auto, un vidrio o un perro pueden convertir una jornada normal en un accidente.

Correr horas detrás del camión: el esfuerzo que casi nadie ve

Churry entró en 2006 directamente como recolector. Después de un paso como ayudante de chofer en la actividad petrolera, volvió en 2009 y años más tarde llegó a manejar el camión. Duró cuatro años al volante. Después pidió volver atrás. "La verdad es que amo andar corriendo en el camión, andar por los barrios. Me gusta mi trabajo y trato de hacerlo bien todos los días", dice.

Hoy trabaja en zona norte, con recorridos que incluyen Gas del Estado, Padre Corti, Ciudadela, ARA San Juan y Kilómetro 12. Su descripción de la jornada explica el esfuerzo: "Uno va agarrado del camión, se baja y vamos juntando las bolsas de algunos canastos, vamos a tirar al camión y volvemos por el resto. A veces es difícil seguir el ritmo todo el día, porque es correr muchas horas juntando bolsas. El chofer tiene que ir a la par nuestra todo el tiempo".

No alcanza con fuerza. "Se necesita mucho estado físico, aire, cuidarse", explica. Y hay una técnica que los más veteranos transmiten a los que recién llegan: "Algunos agarran vuelo enseguida y a otros les cuesta más. Uno trata de ayudarlos, sobre todo para que no se lastimen. Hay toda una técnica en tirarse del camión. Lo mismo con el uso de la prensa para la basura".

Jeringas, vidrios y bolsas: el riesgo que empieza en una casa

Hay un peligro del oficio que depende de los vecinos. "Nos hemos encontrado de todo", dice Churry. Jeringas y vidrios rotos aparecen ocultos dentro de bolsas negras. "Es un trabajo cansador hasta que te acostumbrás. Tiene su peligro, pero es por la gente más que nada, que a veces tira la basura de forma irresponsable. Jeringas o vidrios rotos dentro de las bolsas".

Un objeto cortante que para quien tira la basura desaparece al cerrar la bolsa puede terminar minutos después en una lesión para quien la agarra con las manos. Por eso Churry valora a los que toman una precaución extra: "A veces hay gente que pone todo en cajas y aclara lo que hay. Eso nos ayuda mucho".

Detrás del homenaje por su día asoma un pedido simple: pensar unos segundos en quién va a levantar eso que dejamos en el canasto.

El día que Churry se electrocutó trabajando

En 21 años de trabajo, Churry acumuló cientos de historias, pero hay una que recuerda con precisión. Ocurrió en 2010, después de uno de los temporales que golpearon Comodoro. "Al día siguiente del alud me electrocuté", cuenta. Trabajaba en Kilómetro 8 y la calle seguía mojada. "El pilar de una casa estaba en cortocircuito. Cuando toqué el canasto me electrocuté, quedé como pegado".

En esos segundos pensó en su familia. "Se me vino todo a la cabeza. La familia, uno le pide a Dios. En un momento dejó de pasar la corriente y me soltó". Una ambulancia lo trasladó y quedó internado en terapia intermedia para observación. Después volvió a trabajar.

Una cartera perdida y un premio que valía más de dos sueldos

La historia que Leonardo recuerda con más orgullo no tiene que ver con un accidente ni con algo encontrado en una bolsa. En aquella época todavía barría avenida Rivadavia. "En la zona donde había un banco me encontré una cartera y me quedaba poquito para dejar de trabajar. Vi que tenía documentos y plata, bastante, entonces me quedé a un costado".

Poco después vio llegar a una familia que revisaba desesperada su vehículo. Buscaban la cartera. Leonardo se acercó y se la devolvió. Le ofrecieron plata como recompensa y se negó. "Uno hace las cosas de corazón", explica.

Pensó que la historia terminaba ahí. Dos días después apareció su supervisor. "Me dijo que me suba a la camioneta, que tenía que ir a la oficina. Pensé que me iban a echar o algo así". Pasó lo contrario: lo felicitaron y le entregaron 1.000 pesos como reconocimiento. Hoy la cifra parece poca cosa, pero Leonardo cobraba por entonces alrededor de 400 pesos mensuales.

"No sabés el orgullo que sentía. Me dieron el día también para ir a disfrutar con mi familia. No sabés qué alegría. Compramos cosas para la casa, ropa para mis nenes". Más de tres décadas después lo sigue contando igual.

De las computadoras en la basura a los perros que ya los conocen

Quien pasa años recolectando residuos termina viendo una parte particular de la vida de una ciudad: todo lo que sus habitantes deciden descartar. Leonardo recuerda haber encontrado zapatillas, pantalones y camisas nuevas. "En Rada Tilly tiraban computadoras, por ejemplo. Uno se las llevaba a casa y andaban", cuenta.

Churry, en cambio, recuerda a quienes esperan el camión. Los recorridos fijos generan vínculos. "Cuando andás en un recorrido fijo los vecinos ya te conocen. Los nenes muchas veces salen a saludarnos, incluso a veces les llevamos juguetes. Se genera una relación muy linda con los vecinos".

Y están los perros, durante años uno de los riesgos cotidianos. "Nos ha pasado de que salgan a corrernos, a querer mordernos. Hasta que en algún momento se acostumbran también porque son los mismos perros siempre en cada casa. Nos terminamos conociendo", dice entre risas. Cuando encuentran comida en condiciones, algunos trabajadores la separan para alimentar a los perros que ven todos los días.

Una ciudad distinta vista desde atrás del camión

Los dos coinciden en algo: el oficio cambió. Cambió la ciudad, cambiaron los camiones, aumentaron las medidas de seguridad y se modificaron las formas de trabajar. Antes podían viajar tres recolectores en la parte trasera de una unidad. Hoy generalmente son dos, pero hay más camiones.

Leonardo recuerda otra dinámica entre compañeros y supervisores. "Antes éramos como una familia. Nos daban cajas de Navidad, nos reuníamos para las fiestas. Había otro compañerismo, también porque era otro mundo".

En sus 32 años atravesó crisis económicas, el corralito y las distintas crisis petroleras de Comodoro. Cuando entró jamás imaginó quedarse más de tres décadas. "Pensé que me iban a echar antes", bromea. Y deja una frase que resume su manera de entender el oficio: "La responsabilidad es lo que te mantiene tantos años en un trabajo. Yo siempre fui muy puntual, me gusta llegar temprano. Lo aprendí de mis padres. Esas cosas no se tienen que perder".

"No sé si es lindo, pero es especial"

Una de las reflexiones más sinceras de Leonardo aparece cuando habla de los prejuicios que todavía existen alrededor del trabajo con la basura. No intenta romantizarlo. "La verdad es que no necesariamente tiene que gustarnos, porque nuestra obligación es llevar un sueldito para casa", dice.

Y recuerda sus primeros días. "Al principio me daba un poco de impresión el tema de la basura. No es fácil tampoco acostumbrarse a que tu trabajo sea levantar la basura de los demás. Pero uno se acostumbra". Hace una pausa antes de definirlo: "No sé si es lindo, pero es especial. Y sobre todo es muy importante".

Churry lo vive de otra manera. Asegura que todavía disfruta correr detrás del camión. "Me encanta mi trabajo, sobre todo de mañana. Me encanta hacerlo al aire libre. Me divierto mucho ahí atrás en el camión. Mis compañeros siempre son los mismos, ya nos conocemos".

Dos hombres, dos maneras de relacionarse con el mismo oficio y 53 años de experiencia entre ambos. Este 2 de octubre sus historias ponen nombre y rostro a trabajadores que forman parte del paisaje cotidiano de Comodoro. Porque casi todo el año su tarea ocurre sin que la miremos: dejamos una bolsa y seguimos con nuestra vida. Ellos llegan después. Con viento, con frío, bajo la lluvia o en una mañana agradable. Corren, cargan, vuelven al camión y siguen hasta el próximo canasto. Al día siguiente, la escena vuelve a empezar.

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