Ciego y con una infección que rozaba el cerebro: el dramático rescate del caballo que casi se ahoga en una pileta
Un caballo ciego y desnutrido cayó a una pileta mientras buscaba agua: casi se ahoga. Cuando lo rescataron, el olor a podrido lo delataba. Lo que encontraron los veterinarios adentro de su cuerpo...
Un caballo ciego, desnutrido y con una infección severa que comprometía una zona cercana al cerebro fue rescatado en enero de 2026 en La Plata. Días antes había caído a una pileta mientras buscaba agua y casi muere ahogado. El caso, que conmocionó al Santuario Soñemos Esperanza, derivó en un tratamiento que ya supera los 16 millones de pesos y que le devolvió parcialmente la visión.
El olor a podrido se percibía a metros de distancia. Era la señal inequívoca de una infección profunda que avanzaba sobre el debilitado cuerpo de Polaco, como se llamaba entonces. Lorena Melantoni, fundadora y responsable del Santuario Soñemos Esperanza, ubicado en La Plata, lo recuerda con dolor: “Lo recibimos en enero de 2026, cuando todavía se llamaba Polaco. Ingresó con un diagnóstico de carcinoma de células escamosas en uno de sus ojos, una infección gravísima y un estado de deterioro que nos impactó profundamente”.
El animal llegó desnutrido, temblando de miedo y desconfianza. Estaba sumido en una ceguera total producto de un tumor avanzado en el ojo izquierdo y un descuido que, estimaban, llevaba más de un año. “Por el estado en el que llegó, considero que hubo más de un año de negligencia y abandono, aunque no puedo determinar con exactitud cuánto tiempo llevaba así”, confiesa Lorena. Y agrega: “Lo que más me duele es que no creo que haya sido simplemente por falta de recursos económicos, sino por no haber querido afrontar los gastos necesarios para intentar salvarlo”.
El episodio que lo cambió todo
Apenas dos días antes de su rescate, en el lugar donde lo mantenían tras haberlo trasladado de un pensionado, el caballo ciego había caído a una pileta en su intento desesperado por buscar agua. A duras penas lograron salvarlo de morir ahogado. “Se había caído en una pileta y casi se había ahogado. Estaba completamente ciego y buscaba agua sin poder ver adónde iba. Ese episodio me hizo comprender que no podía seguir en esas condiciones. Por eso lo recibimos en el santuario”, relata Lorena.
Ante el grado de deterioro y la amenaza de una infección que ya rozaba la zona cerebral, la recomendación habitual hubiera sugerido la eutanasia. Sin embargo, la fundadora del santuario decidió intentar todo lo posible. “Su anterior tutora se comunicó con nosotros para solicitar su ingreso y manifestó que se haría cargo de todos los gastos. Nos pidió ayuda, nos habló de su amor por él y nos aseguró que acompañaría su tratamiento. Nosotros confiamos en esa palabra porque nuestra prioridad era salvarlo. La realidad fue otra. Después de ingresar, prácticamente dejó de contribuir a su cuidado”, cuenta Lorena.
Y sentencia: “Pero yo no podía mirar a Valiente (antes Polaco) y aceptar que su destino fuera la eutanasia sin antes intentar todo lo que estuviera a nuestro alcance”.
Una mirada que volvió a encenderse
El diagnóstico veterinario confirmó un carcinoma de células escamosas en su ojo izquierdo. Tras controlar la infección primaria, el ojo debió ser extirpado de urgencia. Al principio, Valiente estaba muy temeroso: temblaba y desconfiaba de las personas. “Era comprensible: estaba ciego, enfermo, atravesando dolor y cambios que no podía comprender”, explica Lorena.
Durante las primeras semanas, su antigua tutora fue a visitarlo en tres ocasiones. “Yo observaba que, cuando la veía, Valiente se escondía detrás de mí, como si me pidiera que no permitiera que se lo llevaran. Después de esas visitas quedaba nervioso e irritable. Por ese motivo, y priorizando su tranquilidad, le pedí a la mujer que no volviera a visitarlo”, detalla.
Con el correr de los días, el caballo empezó a cambiar. Se volvió más tranquilo, dulce y mimoso. Aprendió a confiar y a reconocer a quienes estaban pendientes de él. “Hoy me reconoce, busca el contacto y demuestra un agradecimiento que emociona”, dice con orgullo Lorena.
En el santuario, los voluntarios no solo atienden las enfermedades de los caballos que ingresan: también procuran que recuperen la seguridad, que puedan descansar sin miedo y que vuelvan a relacionarse con el mundo a su propio ritmo.
El tratamiento médico no fue ni simple ni económico. Requirió dos cirugías (una en cada ojo), múltiples estudios de laboratorio, citología, biopsias, medicación continua y la reciente aplicación de la primera sesión de electroquimioterapia oncológica para frenar el tumor. El mayor logro del equipo veterinario y de sus cuidadores fue devolverle su luz: se logró recuperar la visión de su ojo derecho, lo que contribuyó a su autonomía y seguridad para desplazarse.
A la fecha, el tratamiento de Valiente ya supera los 16 millones de pesos invertidos entre cirugías, medicamentos, internación y asistencia especializada. A eso se suma la urgencia de recaudar dos millones adicionales para afrontar la segunda y última sesión de electroquimioterapia, anestesia y farmacología antes de fin de mes.
Cambiar de nombre, aprender a confiar y tejer vínculos sanadores
El proceso de sanación de Valiente no fue solo físico. Fue Manu, uno de los cuidadores que vive las 24 horas en el predio junto a su familia, quien le dio su nuevo nombre y se convirtió en su principal figura de referencia y refugio. “Se aman, se acompañan y se entienden de una manera muy particular. Para Valiente, Manu es mucho más que la persona que lo cuida: es su compañero, su referencia y alguien en quien confía. Para nosotros, es su ángel, es quien lo cura, lo alimenta y se queda junto a él en cada intervención”, cuenta Lorena.
Además, durante sus días de ceguera total, Valiente tejió un vínculo de contención mutua con Bernardita, una yegua anciana y ciega del santuario. Hoy, con la vista parcialmente recuperada, integra un grupo adaptado de caballos con discapacidad.
“Buscamos una casa para siempre”
Dirigido por Lorena Melantoni, el santuario Soñemos Esperanza alberga a caballos ancianos, ciegos, mutilados —como Bahama, que vive sin una de sus extremidades— y víctimas de maltrato extremo o descarte de las carreras.
Como el santuario no cuenta con subsidios estatales, el costo de mantener el predio alquilado en La Plata (con gastos fijos que superan los 10 millones de pesos mensuales) depende exclusivamente de la solidaridad de particulares, rifas, colectas e iniciativas de padrinazgo.
La meta principal de la organización es conseguir un campo propio de al menos 40 hectáreas en las zonas de La Plata o Brandsen para garantizar un hogar definitivo a los animales que allí residen hasta el final de sus días. “Buscamos un lugar donde puedan vivir en libertad, con espacio, seguridad y sectores adaptados a las necesidades de cada uno. Un hogar definitivo donde los caballos ancianos y discapacitados puedan recibir sus cuidados sin que su futuro dependa de la renovación de un alquiler o de la posibilidad de seguir pagando por un predio”, dice con ilusión Lorena.
Y continúa: “Queremos que sea su casa para siempre. Incluso cuando alguno ya no esté físicamente con nosotros, soñamos con que ese lugar siga siendo su hogar y que sus hermanos puedan permanecer allí, protegidos. Para mí, conseguir nuestro campo propio sería darles una seguridad que hoy todavía no tenemos. Es un sueño que perseguimos con toda nuestra fuerza, porque ellos ya tuvieron demasiada incertidumbre en sus vidas”.
Si tenés una historia de adopción, rescate, rehabilitación o ayudaste a algún animal en situación de riesgo y querés contar su historia, escribinos a [email protected]
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