Caminó 25 kilómetros durante décadas para llegar a San Carlos: la historia de Justina López

Hay mujeres que cargan sobre sus pies la memoria de todo un valle. Justina López cumplió 95 años y su comunidad la reconoce como una de las últimas que conoce los caminos que no están en ningún mapa. La historia de una vida entera transitando los cerros.

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Caminó 25 kilómetros durante décadas para llegar a San Carlos: la historia de Justina López
Caminó 25 kilómetros durante décadas para llegar a San Carlos: la historia de Justina López

Justina López cumple 95 años y su comunidad la reconoce como una de las últimas memorias vivas de los caminos que unen los parajes de los Valles Calchaquíes con San Carlos. Nació en los cerros, fue partera, hizo quesos y atravesó a pie durante generaciones senderos que ni los mapas registran.

La comunidad indígena Cóndor Huasi, de San Lucas, y el pueblo de San Carlos decidieron homenajearla por una trayectoria que excede lo personal: para el pueblo Diaguita, su historia guarda parte de los saberes y del vínculo con el territorio que construyeron las comunidades de la región.

Justina nació el 7 de octubre de 1931 en el cerro de Abra Pampa-La Ollada, en Las Viñas. Hija de Romelia Escalante y Jorge López, ambos fallecidos, tenía apenas 13 años cuando tuvo que hacerse cargo de sus hermanos menores. Después llegaron El Ubillar y, más tarde, Puesto Colorao, donde de adulta formó su familia.

Allí nacieron Olga, Dorotea y Ernesto López, y Paula, Rosa y Humberto Coria. En Puesto Colorao crió animales y produjo para el sustento familiar: hacía quesos de vaca y de cabra, una actividad que continuó una de sus hijas. Otra heredó el saber de los bollos y otra, la tradición de la copla.

La partera de los cerros

Justina también fue partera. Aprendió a asistir nacimientos en plena montaña y llegó a atender sus propios partos.

"Yo les cortaba el cordón, era buena como partera", cuenta con una naturalidad que resume décadas de conocimiento transmitido de generación en generación.

Una vida medida en kilómetros

Desde Puesto Colorao hasta San Carlos hay unos 25 kilómetros. Justina hizo ese recorrido innumerables veces: veinticinco de ida y otros tantos de vuelta, caminando y, algunas veces, a caballo.

En muchos de esos viajes tuvo una compañera inseparable: María Inés Díaz, de su misma edad. Juntas recorrían los senderos que comunicaban los parajes y llegaban a las fiestas y carnavales de los pueblos. Con la cajita en la mano, albahaca en los canastos y agua florida, se internaban por los caminos. Quizás el viaje más largo fue hasta Brealito.

Aquella amistad atravesó toda una vida y terminó uniendo también a sus familias: Justina y María Inés terminaron siendo consuegras y compartiendo hijos y nietos.

Los caminos también las llevaron a las fiestas patronales. Justina dice que "cumplía". Todavía hoy, con sus 95 años, su presencia es reconocida en celebraciones de El Barrial, Corralito, Animaná, San Antonio, San Rafael y Payogastilla. "¿Quién no la conoce?", dicen quienes hablan de ella.

La memoria que camina

Para la comunidad Cóndor Huasi, el reconocimiento va más allá de un cumpleaños: su historia representa una memoria viva de los pueblos indígenas de los Valles Calchaquíes, con sus desplazamientos, sus saberes, sus vínculos familiares y comunitarios y una relación con el territorio construida durante generaciones.

Su rostro conserva las marcas del tiempo, pero también las de una vida al aire libre. El sol, los vientos, las lluvias, las quebradas y las crecidas de los ríos forman parte de esa geografía personal que Justina lleva consigo.

Recién hace unos nueve años existe un camino para vehículos que facilita el recorrido entre aquellos lugares. Durante gran parte de su vida, en cambio, las distancias se hicieron caminando. Hoy es su familia la que la acompaña y procura hacer más liviano su andar.

Los caminos que recorrió durante décadas permanecen en sus relatos y en la memoria de quienes la escuchan. Por eso, para quienes promovieron el reconocimiento, su historia expresa también una manera de entender el territorio: la de quienes lo conocen no por haberlo visto en un mapa, sino por haberlo transitado a lo largo de toda una vida.

Decir Justina López es decir también Pachamama, sostienen desde la comunidad. Ambas aparecen unidas en una misma historia, rodeadas por los cerros y los Apus.

A los 95 años, Justina todavía cuenta sus andanzas con una sonrisa y una lucidez que conmueve. En sus palabras aparecen la infancia, los hermanos, los hijos y los nietos. Los animales, los quesos, los partos, las coplas, los carnavales y las fiestas patronales. Y, sobre todo, los caminos.

Caminos largos, muchas veces difíciles, que durante décadas hizo con sus propios pies. Quizás por eso una frase resume como ninguna otra su vida: "Caminante, no hay camino: se hace camino al andar". Y Justina López lleva 95 años haciéndolo.

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