Caminaron 20 años la costa del río Negro y lo que encontraron cambió todo lo que sabían del delfín más amenazado
Un investigador empezó a caminar la costa del estuario del Río Negro en 2003. Veinte años después, el registro que armó reveló algo sobre el delfín más amenazado de Sudamérica que nadie había visto antes.
Un equipo científico reconstruyó por primera vez dos décadas de varamientos del delfín franciscana en el estuario del Río Negro. Entre 2003 y 2023 registraron 34 casos, nueve de ellos con animales que volvieron vivos al mar. El hallazgo no solo llena un vacío de información: confirma que esa zona patagónica funciona como área de cría de la especie más amenazada de Sudamérica.
El trabajo lo llevaron adelante investigadores de la Fundación Cethus, la Universidad Nacional de Río Negro y el CONICET. Los resultados se publicaron en la revista Latin American Journal of Aquatic Mammals y llevan la firma de Miguel Iñíguez Bessega, Marina Winter, Sergio Abate, Verónica Seijas, Marta Hevia y Mauricio Failla.
Un delfín que casi nadie ve
La franciscana —Pontoporia blainvillei, su nombre científico— debe su nombre al color pardo de su piel, similar al hábito de los frailes franciscanos. Habita únicamente las aguas costeras poco profundas del Atlántico Sudoccidental, desde el sudeste de Brasil hasta el golfo San Matías.
La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) la clasifica como vulnerable. Es el cetáceo pequeño con mayor riesgo de extinción de Sudamérica, y su principal amenaza es la captura incidental: quedar atrapado en redes de pesca.
El estuario del Río Negro integra el área IVe, la zona más austral de distribución de la especie según la Comisión Ballenera Internacional. Allí conviven aguas dulces y saladas entre canales, islas y bancos de arena. Hasta ahora, no había un registro sistemático sobre lo que pasaba con los delfines de esa región.
Doce kilómetros por mes, a pie
Desde 2003, Mauricio Failla y un grupo de colaboradores empezaron a recorrer la costa del estuario en busca de animales varados, vivos o muertos. Entre 2003 y 2014 caminaron doce kilómetros por mes, un método que los científicos llaman monitoreo sistemático.
A esos datos se sumaron los llamados de guardacostas, pescadores y vecinos, la vía conocida como registro oportunista. Cuando el estado del cuerpo lo permitía, los especialistas tomaban medidas, fotografías y muestras para estudios genéticos y patológicos.
El relevamiento confirmó 34 varamientos entre 2003 y 2023, con picos en 2014 y 2020. La mayoría ocurrió en primavera e invierno, mientras que el otoño concentró la menor cantidad de casos.
Entre los ejemplares con sexo identificado, el 71 por ciento fueron hembras. Ellas midieron entre 64 y 155 centímetros; los machos, entre 70 y 138, una diferencia típica de la especie.
El dato que cambia el mapa
Cinco de los delfines varados eran crías recién nacidas y tres de ellas fueron liberadas con vida. Ese registro confirma que el estuario funciona como zona de cría, un lugar donde las madres dan a luz y amamantan a sus crías.
Las necropsias revelaron neumonía, tuberculosis y otras infecciones, aunque los investigadores aclararon que no pudieron confirmar si fueron la causa directa de la muerte. Once delfines mostraron marcas de redes o líneas de pesca, entre ellas la primera captura registrada de enredo en líneas de pesca deportiva.
«Es muy importante la información que nos brinda cada ejemplar varado vivo o muerto», dijo Iñíguez Bessega, presidente de la Fundación Cethus, a Diario RÍO NEGRO. Sin ese registro, agregó, era imposible entender las causas de las muertes.
El estudio también respondió a un pedido de organismos internacionales: la Comisión Ballenera Internacional había definido al estuario del Río Negro como sitio prioritario para monitorear en 2016.
Qué piden los investigadores
Para Iñíguez Bessega, cada hallazgo fortalece los planes de protección que ya existen para la franciscana. «Sirven para fortalecer estos planes nacionales e internacionales», afirmó.
Los científicos remarcaron que la veda de redes agalleras vigente entre noviembre y marzo en Balneario El Cóndor protege de forma indirecta a la especie durante su temporada reproductiva. Aun así, recomendaron mantener esa restricción y ampliar los estudios sobre captura incidental. También plantearon la necesidad de crear una futura área protegida en el estuario.
La franciscana no migra a larga distancia como otros cetáceos: prefiere quedarse en áreas reducidas y fijas durante todo el año. Se alimenta cerca del fondo marino con sus delgados dientes, sobre todo de peces pequeños como la corvina blanca, aunque también consume calamares, pulpos y crustáceos.
El estuario del Río Negro todavía guarda secretos sobre uno de los mamíferos marinos más vulnerables de Sudamérica. Cada delfín varado, vivo o muerto, suma una pieza al rompecabezas de su supervivencia.