Caminan 400 kilómetros con fe: el pueblo jujeño que los espera con un gesto que los desarma
¿Qué hace que cientos de peregrinos cambien el rumbo de su fe y caminen hasta este pueblo de Jujuy? La respuesta está en una casa, una treintena de voluntarios y un gesto que no se olvida.
Cada 8 de septiembre, Chucalezna se convierte en el refugio obligado de cientos de peregrinos que caminan desde Iruya, Nazareno y La Quiaca hacia la Catedral de Salta. Una treintena de "Servidores del Milagro" los recibe con comida, atención médica y un abrazo que, dicen, pesa más que el cansancio.
Chucalezna es una pequeña localidad rural de Jujuy, a unos 120 kilómetros al norte de San Salvador, sobre la Ruta Nacional 9, en el departamento Humahuaca. Cerros imponentes, viñedos de altura y cultivos locales la rodean. Pero lo que la distingue es otra cosa: el calor de su gente, que cada año se multiplica para recibir a los peregrinos.
Este año, la parada fue más multitudinaria que nunca. Según Gabriela Álvarez Llimós, una de las organizadoras, "asistimos a más de 130 peregrinos". Los caminantes llegan desde Iruya, tras recorrer 315 kilómetros; desde Nazareno, con 390 kilómetros encima; y desde La Quiaca, que este año se sumó con más de 400 kilómetros hasta la Catedral Basílica, donde los esperan el Señor y la Virgen del Milagro.
Un servicio que empezó con siete personas
La historia de los servidores no es nueva. Álvarez Llimós recordó que su equipo comenzó en 2012, mientras que el grupo de Emilio Ruggeri se sumó en 2018. "Cuando comenzamos éramos solamente siete personas para atender a un grupo de 60 peregrinos. Un año después ese número ascendió a 90 y cada año crece un poco más", contó.
La organización les lleva dos reuniones: una para definir el menú y otra para ultimar detalles. "Vamos activando para ver todas las donaciones que podemos obtener y lo que hay que sumar", explicó. Además de la cena, ofrecen atención médica, podología y dejan listo el desayuno para que los peregrinos retomen la marcha al día siguiente.
El lugar de encuentro es la casa de doña Roberta Cruz, donde se arma un gran comedor y una sala de cuidados y masajes. A pocos metros, una pequeña capilla recibe una breve misa de agradecimiento. Este año, Roberta estuvo en Catamarca y fue su hija quien los recibió.
"Mi peregrinación es hacia arriba"
Para Gabriela, lo que hace tiene un sentido profundo. "Yo quiero lo que hago, este es mi servicio, acercarme al Señor y a la Virgen del Milagro de esta manera. Antes yo hacía la procesión, pero cada año es más gente y se me hacía casi imposible", confesó. "Entonces mi procesión es a la inversa: en vez de ir hacia el Señor del Milagro, voy hacia el encuentro de los peregrinos y ellos llevan mi mensaje. Mi peregrinación es hacia arriba, hacia Chucalezna".
En esta edición, junto al padre Miguel de Iruya se sumaron tres sacerdotes porteños. "No podían creer que cruzan entre medio de los cerros por el río y que caminaron 21 horas seguidas durante los dos primeros días", destacó.
Emilio Ruggeri, otro de los capitanes, aseguró que la experiencia mejora año tras año. "Este año nos tocó darles una cajita con hamburguesas, que se suman a todo lo que traemos: frutas, golosinas, agua y atención médica". También acompañaron chicas de Buenos Aires que hicieron donaciones y vivieron la experiencia completa. "Esperamos a los peregrinos en Uquía y desde allí cargamos las imágenes hasta Chucalezna. Nos enorgullece, porque hay gente que no tiene la oportunidad de ver cosas como las que tenemos acá", agregó.
Ruggeri descartó por ahora esperarlos en localidades más cercanas: "Necesitamos otro tipo de logística". Y remarcó que cada vez se ven más chicos y jóvenes entre los caminantes. "Vienen con mucha fe, con sus promesas, llegan cantando y bailando a pesar del cansancio. Saben que van a descansar esa noche. Incomparable e imborrable para el corazón", concluyó.