Bocha Sombra, el artista que pintó la memoria y abrazó a Cristina tras el secuestro
El artista pampeano de 82 años, que vivió el secuestro de su compañera y la buscó hasta reencontrarla, será homenajeado con una muestra que repasa su obra. ¿Qué secretos guarda su atelier?
Osmar “Bocha” Sombra, el artista pampeano que convirtió los paredones en lienzos de memoria, tendrá su gran muestra retrospectiva. La exposición, que se inaugura el 11 de diciembre en el Museo Provincial de Artes y se extenderá hasta febrero de 2027, salda una deuda con un creador que unió el pincel con la militancia y el amor.
Con 82 años, Sombra es un tesoro viviente de Santa Rosa. Dibujante, pintor, actor de teatro y titiritero, nació en la Chacra 40, un territorio de llanura y viento donde desde chico aprendió a hacer “changuitas” para ayudar en su casa: juntaba huesos, botellas y leña, y cargaba equipajes en la estación de tren.
Su padre, Lucio, trabajaba en el Molino Werner, y su madre, doña Dora, criaba a cuatro hijos. Bocha, como lo conocen todos, creció en un barrio donde el apellido Sombra era sinónimo de fútbol, pero él y su hermano Délfor –hoy exiliado en México– eligieron el arte.
Del circo a la fábrica de manteca
Después del servicio militar en San Martín de los Andes, Bocha se sumó al Circo de los hermanos Core, donde fue asistente del acto de cuchillos: “Un artista extraordinario… le tiraba cuchillos prendidos fuego a la silueta de su mujer, con los ojos vendados. Yo mismo le ajustaba la venda”, recuerda entre risas.
La vida circense lo llevó a Junín, donde trabajó cinco años en una fábrica de manteca. Pero el óleo y los pinceles tiraban más, y volvió a Santa Rosa para dedicarse de lleno a la pintura.
El secuestro de Cristina
En Santa Rosa conoció a Cristina Ércoli, su compañera de toda la vida. Pero a fines de 1975, una patota armada secuestró a Cristina en su casa. Bocha fue detenido por unos días y luego comenzó un calvario: viajó nueve veces a Buenos Aires para verla en el Penal de Devoto, pero la burocracia le ponía trabas. “Te están bicicleteando, pibe”, le advirtió un escribano.
El 23 de diciembre de 1977, un rumor indicaba que liberaban presas. Bocha fue con su suegra a las inmediaciones de Devoto y descubrió que las detenidas habían sido trasladadas a Coordinación Federal, en Moreno 1417. Allí, tras una vigilia angustiante, vio salir a un grupo de mujeres. Entre ellas estaba Cristina. “Llegó el abrazo del alma”, dice, y desde entonces no se separaron más.
El muralista de la memoria
De regreso en La Pampa, Sombra se dedicó a pintar paisajes y a militar con el arte. En 1982 se sumó al Centro Pampeano de Artistas Plásticos y en 1986 ganó la Mención Especial en el Salón Provincial y el premio Alta Propaganda por su óleo “Paisaje de Toay”.
En las últimas décadas, sus murales adornan paredones de Santa Rosa: el de Andrea López, en la entrada de la ciudad; los del Hospital Lucio Molas; y los del barrio Plan 5000. También inmortalizó al viejo colectivo de Cutín Pérez, que unía Santa Rosa con Colonia 25 de Mayo.
Su casa, el Atelier-Museo “La Cinacina”, en Río Negro 943, es un refugio de objetos y recuerdos. Allí guarda tesoros de su amistad con el poeta Juan Carlos Bustriazo Ortiz, quien llegaba cada jueves a compartir versos y comida. “Llegaba con el frío de la noche y encontraba un plato caliente”, cuenta.
La muestra retrospectiva es un reconocimiento a su trayectoria. “Bocha no pintó para la vanidad –señala la nota–, lo hizo para resistir y para darle su trazo combativo a la lucha de los organismos de Derechos Humanos”. Será, como dice el texto, “una justicia poética pintada al óleo” para un artista que es, ante todo, “buena gente”.