Bipolaridad, TDAH y stand up: el show que desafía los prejuicios en Neuquén
¿Qué pasa cuando una comunicadora con bipolaridad y TDAH decide subir al escenario? María Pía Borja presenta 'Loca pero tratada' en Neuquén y rompe prejuicios con humor.
María Pía Borja tiene trastorno afectivo bipolar y TDAH, y este sábado 22 de agosto subirá al escenario de Bar Artes en Neuquén para presentar su unipersonal “Loca pero tratada”. Con humor y crudeza, busca derribar mitos sobre la salud mental.
“Tengo trastorno afectivo bipolar”, cuenta. La respuesta más común que recibe es: “No parecés”. ¿Cómo se ve una persona con bipolaridad? Como cualquier otra. María Pía es comunicadora, docente, hace radio y tiene amigos y cuatro hermanos. Pero además, convive con dos diagnósticos que durante años fueron un tabú.
Pese a que la salud mental ganó espacio en la conversación pública, todavía persisten creencias erróneas. “Existe la idea de que las personas con bipolaridad son peligrosas o que tienen cambios de ánimo repentinos, pero no es así”, aclara. Con medicación y tratamiento adecuado, asegura, se puede lograr “cierta estabilidad”.
Sin embargo, llegar a ese punto no fue fácil. “Estuve cinco años hasta tener una medicación que más o menos me funcione”, recuerda. Entre cambios de psiquiatras y tratamientos, apareció un segundo diagnóstico: Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Eso le trajo alivio y respuestas a preguntas que la acompañaron por mucho tiempo.
Del caos al diagnóstico: “Por dentro el sufrimiento era altísimo”
El primer diagnóstico llegó hace 10 años, en medio de una situación límite. María Pía atravesaba el proceso de denuncia por un abuso sexual, enfrentaba una contradenuncia del agresor y una exposición mediática inusual. A la vez, trabajaba como asesora legislativa y sostenía una “depresión funcional”: por fuera todo parecía estar bien, “pero por dentro el nivel de sufrimiento era altísimo”.
El quiebre ocurrió en una escena cotidiana. Terminó de ver una serie, se sentó en la mesa de su casa y sintió un vacío profundo, “unas ganas de no vivir” que la asustaron. Le escribió a una persona de confianza, que fue a su casa y le propuso ir a una psiquiatra.
Llegó al consultorio con síntomas como “aceleración del pensamiento, la imposibilidad de parar de pensar”, y salió con una medicación que en principio era “temporal”. “Es hasta el día de hoy. Desde ese momento nunca dejé de estar medicada”, señala.
El diagnóstico no fue inmediato. Un tiempo después, vio en una receta un código del manual DSM, lo buscó en internet y encontró las palabras “ciclotimia” y “trastorno bipolar”. Ahí empezó a ponerle nombre a lo que ya vivía: oscilaciones del ánimo, episodios depresivos profundos, trastornos del sueño y episodios mixtos. “El objetivo es llegar al medio”, comenta.
El TDAH: “Vino a ayudarme a entenderme”
El diagnóstico de TDAH llegó mucho después, casi por casualidad. Cuando cambió de psiquiatra, él le pidió que contara su historia clínica. Así, María Pía empezó a revisar su vida y a unir cabos.
Había vuelto a su escuela secundaria como docente. Sus antiguos profesores la recibían con una broma: “Ya vas a ver, si te toca un alumno como vos, se va a hacer justicia”. Recordó que de chica se la pasaba fuera del aula, aunque aprobaba todo, así que nadie encendía alarmas.
También había señales físicas. “Siempre me estoy cayendo. Tengo siete puntos en la rodilla, un tobillo operado, un chichón reciente”, relata. Pierde llaves, papeles y plata por no hacer trámites a tiempo, le cuesta sostener la atención en jornadas largas y suele dejar todo para último momento, aunque logra resolverlo.
Llevó esas dudas a terapia y el nuevo psiquiatra sospechó un TDAH de base. Para confirmarlo, le indicó un estudio neurocognitivo con una neuropsicóloga, que incluyó varias sesiones de tests y entrevistas, más la reconstrucción de su infancia junto a su mamá. Así, ya no quedaron dudas. Para Pía fue un alivio: “El TDAH vino a ayudarme a entenderme”. Explica que no es que a ella “le tocaron todas”, sino que los trastornos afectivos bipolares suelen presentar otros diagnósticos superpuestos.
Cartas a sí misma y la medicación: “Es un innegociable”
Entre los dos diagnósticos, a veces se pregunta: “¿Cuál de todas soy yo?”. Y se contesta: “Cuando estoy deprimida detesto la existencia y no entiendo por qué me trajeron a un mundo donde tengo que resolver problemas de adulta que no elegí. Cuando estoy en hipomanía todo me parece genial, quiero salir de fiesta todo el día. Ahora, en eutimia, es algo más parecido a un punto medio”.
Para no perderse en esas versiones, se escribe cartas a sí misma en distintos estados. Al releerlas, encuentra un hilo común: “La gente que quiero, la que elijo en mi vida, es la misma. Las cosas que valoro son las mismas”.
En ese mapa interno, la medicación es un innegociable. Escuchó historias de personas con bipolaridad que, al sentirse bien, dejaron las pastillas y terminaron internadas. Ella no quiere correr ese riesgo. No es inmune a los efectos adversos: siente temblores por el litio, a veces se le cae el pelo y suele frecuentar al gastroenterólogo.
Aun así, el balance le cierra: “Si el precio de la estabilidad es que me tiemblen las manos, me lo banco. Si necesito la medicación, usaré la medicación. A mí la medicación me saca del sufrimiento y me permite tener mejor calidad de vida”.
“Loca pero tratada”: transformar la propia historia en escenario
El otro sostén es el humor. Estuvo ahí incluso en los momentos más críticos: después de una sobreingesta farmacológica, su mamá supo que estaba un poco mejor cuando la vio hacer chistes irónicos a las enfermeras. “Siempre manejé un humor medio insoportable, incluso estando deprimida”, reconoce.
Ese registro se convirtió en herramienta y hoy la lleva a pararse sobre las tablas para presentar “Loca pero tratada”, el unipersonal con el que aborda la bipolaridad, el TDAH y los vínculos. “Los temas complejos de los que hago chistes son los propios”, aclaró.
Durante años, le dijeron que tenía que hacer stand up. Amigos, oyentes de radio e incluso desconocidos en bares se lo repetían tras escuchar sus anécdotas. Ella se resistía, hasta que una amiga le propuso armar un monólogo para un evento. Escribió el material, lo trabajó con otra persona y el evento se suspendió.
En lugar de guardar el texto, le escribió a un amigo que tiene un espacio cultural, fijó una fecha y se subió sola al escenario. La mayoría del público no la conocía y, sin embargo, se rió durante más de una hora. Le gustó la experiencia, aunque no estaba segura de volver. Pero cedió ante sus amigos que le reclamaron más y reescribió el material. Así surgió “Loca pero tratada”. No pretende dar una clase de salud mental, pero sabe que algo se mueve cuando se presenta, con micrófono en mano, como protagonista de su propia historia.