Atropelló a un animal en la ruta: por qué ahora investigan hasta los pelos que quedan en el asfalto
Un animal puede cruzar la ruta en el momento menos pensado y dejar una escena que casi nadie sabe leer. Una nueva guía forense revela qué se esconde en las marcas del asfalto y por qué el conductor ya no queda afuera de la investigación.
Un animal que cruza de golpe, un frenazo que no alcanza y, segundos después, la ruta en silencio. Para el conductor fue un instante imposible de anticipar; para la fauna, la pérdida de un ejemplar y la confirmación de que en ese tramo hay un peligro que nadie había señalado. Lo que durante años se resolvía retirando el cuerpo del camino ahora puede convertirse en una investigación forense completa.
La Fundación Azara y la Universidad Maimónides presentaron una guía metodológica para analizar siniestros viales con fauna silvestre. El objetivo ya no es solo despejar la ruta: cada caso puede aportar datos sobre los riesgos que enfrentan las especies y sobre la responsabilidad de quien iba al volante.
“El objetivo principal de esta nueva guía es determinar cuál fue la responsabilidad del conductor si la hubiera en un siniestro vial que involucre fauna silvestre. Como segundo objetivo, será una herramienta que generará información para implementar medidas de prevención”, explicó Hernán Ibáñez, técnico y naturalista del Área de Biodiversidad de la Fundación Azara y coordinador del Centro de Rescate y Conservación de Fauna Silvestre Güirá Oga, uno de los autores.
Una escena, cuatro protagonistas
La guía fue elaborada junto a Karina Uribe, licenciada en criminalística del Ministerio Público Fiscal de Río Negro, y Néstor Vidal, perito investigador en ciencias forenses especializado en reconstrucción de accidentes de tránsito. Los tres sostienen que un atropellamiento debe leerse como una escena donde cada rastro cuenta una parte de la historia.
No alcanza con mirar dónde quedó el animal. Hay que analizar en paralelo al conductor —su nivel de atención, el cansancio, las distracciones—, al vehículo —frenos, neumáticos, estado general—, al propio animal y al ambiente. “La investigación después de un atropellamiento se debe enfocar en varios frentes a la vez, entrelazados entre sí”, señaló Ibáñez. También pesan las condiciones meteorológicas y el tipo de camino.
Un punto clave es que no todas las especies reaccionan igual frente a un vehículo. Algunas escapan apenas ven las luces o escuchan el motor; otras se quedan inmóviles; otras intentan cruzar a toda velocidad y pueden cambiar de dirección en el último segundo. Conocer ese comportamiento ayuda a interpretar las huellas que quedan después del impacto.
No es lo mismo un guanaco que irrumpe en una ruta patagónica que un oso hormiguero sorprendido en un camino de tierra de Misiones. El ambiente, la hora, la especie y su reacción forman parte de una historia que solo puede reconstruirse si las evidencias se preservan bien.
Cómo se investiga un choque con fauna
El protocolo propone revisar varios metros antes y después del lugar donde aparece la primera marca del choque. La escena se fotografía desde una vista general hasta el detalle más pequeño: marcas de frenado sobre el pavimento, posición del cuerpo, restos biológicos y daños en la carrocería. También hay que registrar quién recogió cada elemento, dónde lo encontró y cómo lo conservó.
Puede parecer un procedimiento excesivo para lo que a simple vista es un accidente más. Sin embargo, una muestra mal tomada o una foto que no fija la ubicación original pueden borrar información irrecuperable. Cada evidencia debe conservar su historia desde el momento en que fue hallada.
Después viene otra instancia decisiva: la necropsia del animal. El examen del cuerpo permite identificar las lesiones y determinar cómo recibió el impacto. Al cruzar esos datos con los daños del vehículo, se puede reconstruir con mayor precisión cómo ocurrió el choque.
Del caso aislado al mapa de riesgo
Hay una segunda historia que empieza después de cada atropellamiento. Si los casos se registran de manera sistemática, con el tiempo revelan patrones: qué tramos concentran más incidentes, en qué horarios sube el riesgo, qué especies son las más afectadas y qué condiciones se repiten antes de cada accidente.
Ese mapa cambia la forma de pensar la prevención. En lugar de colocar carteles donde se supone que hay un problema, los datos permiten identificar puntos concretos y decidir dónde hacen falta reductores de velocidad, señalización o pasos de fauna.
“La guía nació pensada para peritos, policías y guardaparques, pero su alcance no se detiene en esas profesiones. Su mensaje de fondo intenta llegar a toda persona que maneje un vehículo”, subrayó Ibáñez.
La prevención también empieza dentro del vehículo
El amanecer y el atardecer son los momentos de mayor movimiento para muchas especies. Bajar la velocidad en esas franjas puede dar los segundos decisivos para reaccionar.
También conviene extremar la atención en curvas, sectores con vegetación densa y zonas donde ya se registraron cruces de fauna. Con lluvia, niebla o poca visibilidad, el cuidado debe ser mayor.
Con información de la Fundación Azara y la Universidad Maimónides.