Atajó en Central, jugó picados con Maradona y hoy triunfa como pintor en Barcelona
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Atajó en Central, jugó picados con Maradona y hoy triunfa como pintor en Barcelona

Atajó en las inferiores de Central, compartió fulbitos con Maradona y Menotti y armó un negocio de ropa en Barcelona. Pero hubo un detalle de su infancia que lo llevó a la técnica que hoy vende en media Europa.

Coco Gabriel tiene 73 años y hace medio siglo que vive en Barcelona, pero volvió a Rosario para reencontrarse con los sueños que empezaron en el barrio. Fue arquero de las inferiores de Central, compartió fulbitos con Diego Maradona y César Luis Menotti, probó suerte en la moda y terminó convertido en un pintor abstracto que expone y vende sus obras en media Europa.

La charla con La Capital duró más de una hora, en el patio de un café céntrico de su amigo Néstor Mascó, en pleno Paseo del Siglo. Ahí estuvo Coco, flaco y alto como cuando atajaba, con camisa blanca, bermudas y zapatos cremita, y algún giro catalán que se le escapa. Lleva consigo su computadora portátil con sus pinturas abstractas y un libro de aforismos, "Coco sin permiso", una edición ilustrada con sus propias obras.

El origen de un apodo que lo acompaña desde siempre

Nacido en 1953 en una vieja casa de Cerrito entre Necochea y Colón, en la Sexta, José Miguel Gabriel es hijo de un inspector de Obras Sanitarias homónimo y de Susy, ama de casa. Todo el mundo lo llama Coco desde que nació, y él mismo se encargó de averiguar por qué: “Lo pregunté de grande, ya vivía afuera. En un viaje que vine a Rosario le pregunté a mi mamá: ‘¿Por qué Coco?’. Y entonces me dijo: ‘Preguntáselo a tu abuela’”.

La abuela materna, Marquesa, estaba en silla de ruedas y fue quien contó la historia. Su madre lo tuvo con 23 años y hubo complicaciones en el parto: usaron forceps, salió sangre y parecía que se perdían madre e hijo. Cuando el médico logró sacarlo, soltó: “¡Cómo costó sacar ese coquito!”.

De las calles empedradas a la reserva de River

De pibe jugaba al fútbol en las calles empedradas del barrio y al básquet en el Club Temperley. En la adolescencia atajó en las inferiores de Central hasta que el coordinador Carlos Timoteo Griguol le avisó que había un titular en la cuarta especial y le propuso ir a préstamo a River. “Griguol me habló muy bien, en esa época el titular era Munutti, que atajó en Central y en Argentinos Juniors”, recuerda. En la reserva millonaria compartió plantel con Víctor Bottaniz, uno de los tres que Menotti no llevó al Mundial 78 junto a Maradona y Humberto Bravo.

A principios del 73 pasó a una prueba en el Huracán de Menotti. “Me puso a atajar para los suplentes y me comí cinco goles contra aquel equipazo de Housemann, Brindisi, Babington y Basile. A lo mejor podría haber jugado en ese equipo, pero nunca voy a saberlo porque me vine a Rosario y no volví más”. Después lo mandaron a probarse para ir a préstamo a Central Córdoba, pero el técnico le pidió que entrara los últimos 10 minutos y Coco dijo que no. Ahí dejó el fútbol.

Medicina, una boutique y la decisión de irse

Estudió medicina durante un año. “Nunca supe por qué, porque yo debería haber estudiado abogacía o psicología, si ahora veo sangre y me asusto, pero a los 17 años uno no sabe qué va a hacer en la vida”, admite. Antes del Mundial 78 ya estaba vinculado al mundo de la moda: tuvo una pequeña boutique en la Galería del Patio, pero el rubro de la ropa en la Argentina es un pinpón. “Y decidí marcharme”, resume.

El avión lo llevó a Barcelona con escalas en Río de Janeiro, Senegal y Casablanca. “Empecé la lucha de la vida”, dice. Una amiga lo incentivó a hacer algunas cosas, le sacaron fotos y rápido salió un spot de televisión del dentífrico Licor del Polo. Los fines de semana trabajaba de camarero en la Pizzería D' Angelo de Sitges, un pueblo mediterráneo aledaño a Barcelona, antiguamente de pescadores y hoy uno de los más caros de la zona.

El trabajo de modelo, intermitente, lo llevó a vivir un tiempo en las islas Canarias con la Miss Finlandia de entonces y a recorrer media Europa en auto hasta Escandinavia. Se cansó pronto: “Como siempre he tenido mucha empatía, soy un hombre sociable, empecé a conocer gente que fabricaba ropa y empecé a vender ropa para otro”. Compró un coche y salía a vender por la Costa Brava, desde Barcelona hasta la frontera con Francia, unos 120 kilómetros. Conoció a la madre de sus hijos y montó un negocio mayorista en Barcelona. Empezaron con Cotton Club, pero un problema de registro los obligó a cambiar el nombre a Ananá Fizz, porque a ella le gustó la bebida cuando la probó aquí.

Los aforismos de WhatsApp y el empujón de Custo Dalmau

El camino hacia la pintura tuvo un origen en su pasión por las letras, que lo acompaña desde la adolescencia. “Empecé a escribir poesía y algunos textos a los 17 años, siempre me gustó escribir. Esto de los aforismos nace un poco porque empecé a escribir en mis estados de WhatsApp”. Un gran amigo, Custo Dalmau, dueño de la empresa multinacional de ropa en la que Coco fue director en Barcelona, le preguntó por qué no los publicaba y le presentó una editorial. Cuando estaban por sacar el libro, su hijo, que tiene una agencia de publicidad, le sugirió un mix con la pintura, ya que estaba más enfocado en esa disciplina.

“Traslado mis sentimientos”

Su trayectoria en la pintura abstracta lo llevó a exhibir y vender obras en media Europa. “Estoy en casas importantes de decoración donde mis cuadros se venden, también hice exposiciones en Bruselas, Madrid, Barcelona y Buenos Aires”, cuenta.

Gabriel no se reconoce como un hombre de escuela: “Simplemente traslado mi sentimiento, traslado mis sensaciones. El arte abstracto no tiene un solo sentido. El alma puede hablar con un simple trazo sin dirección. Entonces, de pronto es algo que sale más del interior que de una estructuración técnica”.

Trabaja la abstracción matérica con materiales alternativos. “Estoy presentando en París y en Barcelona una nueva colección que se llama ‘Silencios Guardados’”, adelanta. En sus cuadros hay tierra, harina, borra de café. “No soy el pintor de brocha sino trabajo a veces con espátulas, con fratachos. Entonces traslado al expresionismo abstracto, mucha pasión, mucha fuerza y un poco de agresividad”.

En ese proceso aparece el recuerdo de su padre, que murió hace 30 años, cuando hacían barriletes con engrudo. “Empiezo a trabajar, esto no es más que engrudo, lo trabajo y luego lo humedezco y se agrieta”. Así llegó a la técnica del craquelado, la que deja la superficie como rota: “Como soy muy inquieto, primero empiezo a pegar cosas, cuando pego y estoy pasando cola me acuerdo de mi padre, me acuerdo del barrilete”.

El negro, los toros y la palabra “artista”

Tuvo una atracción muy fuerte por el negro, que lo llevó a una exposición llamada “Etiqueta Negra”. “Podemos creer que el negro es oscuridad, pero yo lo tomaba como que el negro me daba brillo, me daba ese contraste, me daba esa luz”, explica. Ya salió de esa etapa, porque necesita canalizar. Hace un mes, un amigo que compró una finca en Andalucía le pidió un cuadro con connotación andaluza: “Cuando habla del andaluz habla del tema de los toros. Yo le dije: ‘No te voy a dibujar un toro’. Ahí ves un toro, ves la sangre, la capa, este es el cuerno y este es el burladero, donde entra el torero para que el toro no lo cornee. Pero claro, me saca de mi momento actual y me mete en aquel otro momento”.

Coco escapa a la palabra “artista”. “Normalmente digo que soy un creativo. Crear es lo más maravilloso que puedo llegar a sentir”, afirma.

El fulbito con Diego y el Flaco

En 1984, cuando Maradona jugaba en Barcelona dirigido por Menotti, los argentinos habían armado un picado semanal de fútbol cinco en la cancha de básquet del Colegio La Salle. Coco atajaba para el equipo del 10. “Siempre jugaban Diego de un lado y el Flaco del otro. Yo siempre jugaba con Diego”, recuerda. En ese grupo estaban Menotti, Rogelio Poncini, el Negro Jiménez —un uruguayo que jugaba en el Español—, Jorge Gabrich y otro muchacho que había salido de Atlanta y jugado en Grecia, dueño del Restaurante Corrientes 348.

Jugaron varias veces, unos dos meses, hasta que los hinchas se enteraban y se juntaban unas 200 personas. Los dirigentes del Barcelona terminaron prohibiendo el picado de los argentinos.

La pregunta del millón quedó para el final. Consultado sobre qué le contestó Menotti cuando le preguntó por qué no lo había llevado a Maradona al Mundial de Argentina 1978, Coco remató de una pincelada: “Porque no estaba preparado”.

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