Así era Tucumán en 1816: 5 mil habitantes, 10 pulperías y un café con lotería
¿Te imaginás cómo era Tucumán cuando se declaró la Independencia? 5 mil habitantes, carretas, impuestos y un café con lotería. Los detalles que no conocías.
En 1816, cuando se declaró la Independencia, San Miguel de Tucumán era un poblado de casi 5.000 habitantes, escala obligada en el Camino Real que unía Buenos Aires con Lima. La provincia, que entonces incluía Catamarca y Santiago del Estero, albergaba a 45.000 personas.
La ciudad se organizaba en cuatro cuarteles. En dos de ellos vivían 2.137 almas: 862 criollos, 38 españoles, 884 indios y 353 negros y mulatos.
¿De qué vivían los tucumanos?
La economía giraba en torno a la construcción de carretas y una incipiente explotación de caña de azúcar. Las carretas eran fletadas por comerciantes adinerados para transportar mercancías a Jujuy, Buenos Aires o Mendoza. Desde 1807 existían “ocho clases pudientes”, según un empréstito para ayudar a Buenos Aires durante las Invasiones Inglesas. Los más ricos eran Cayetano Moure, José Velarde y Pedro Antonio de Zavalía. En 1813, el Cabildo listó 34 mercaderes con fortunas que sumaban 320.000 pesos; Manuel Posse encabezaba con 60.000, seguido por Velarde con 35.000.
Impuestos, café y lotería
En 1816, don Mateo Velarde obtuvo licencia “para abrir un café, fonda pública y juego de lotería”. El Cabildo, temiendo que “pueda perjudicar al público”, le cobró una patente de 1 peso por día. Las diez pulperías de la ciudad pagaban 30 pesos anuales de impuestos. Otros tributos daban cuenta del movimiento cotidiano: una carga de vino en carreta pagaba 1 peso; una de ají, algodón o frutas secas, 4 reales; las suelas para zapatos y la yerba mate, 1 peso por carreta.
Frailes, romances y bailes
El escritor Paul Groussac recordó que “desde principios de marzo comenzaron a llegar a San Miguel de Tucumán los diputados de las provincias. A caballos los unos, en galera los más, en sendas mulas de paso algunos de Cuyo”. Casi la mitad de los diputados eran sacerdotes; se alojaron en los conventos de Santo Domingo y San Francisco, aunque fray Justo Santa María de Oro prefirió Lules y Cayetano Rodríguez, la casa del obispo. Las familias locales se disputaban a los congresales, que descansaron “bajo el doble encanto de la mujer y de la naturaleza”. El diputado José María Serrano “no dejó de causar algunas averías sentimentales”.
Durante el Congreso (marzo 1816 a febrero 1817), cada semana había un gran baile en casa de algún patriota rico. Juan Bautista Alberdi recordaba haber correteado entre Belgrano y otros congresistas en la casa de sus padres. Solo alrededor de la plaza principal había casas importantes, con zaguanes de baldosas, patios con plantas, galerías de cedro, muebles de caoba y “el sofá y el fortepiano de la niña”.
Belgrano, sus amores y el baile del 10 de julio
Belgrano era figura clave. Según memorias de la época, tenía de amante a la francesa Isabel Pichegru, “airosa y provocativa al caminar”, que solía “bajar a tiros a las palomas de los canónigos” desde la Catedral. El baile más célebre fue el del 10 de julio de 1816. Groussac lo describe como “un tumulto y revoltijo de luces y armonías”, donde desfilaron beldades como Cornelia Muñecas, Teresa Gramajo, Juana Rosa y Dolores Helguero, “a cuyos pies rejuveneció el vencedor de Tucumán”.
El único periodista acreditado
Fray Cayetano Rodríguez fue el único cronista del Congreso. Fumaba cigarros de chala y tomaba mate mientras escribía con pluma de ganso. Editaba El Redactor del Congreso, que salía con tres meses de atraso: 19 números impresos en Tucumán y otros en Buenos Aires. De las 230 sesiones tucumanas, 60 fueron secretas; luego, en Buenos Aires, hubo 304 sesiones (80 secretas). Las actas secretas se perdieron en 1820 y reaparecieron recién en la década de 1960.