Arrancó con un pizarrón a los 17, perdió todo en el corralito y hoy su red factura $780.000.000

A los 17 años puso un pizarrón en un departamento de Caseros y empezó a dar clases. Tres décadas después, su red de institutos factura $780 millones, pero el camino tuvo un golpe que casi lo borra todo: el corralito.

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Arrancó con un pizarrón a los 17, perdió todo en el corralito y hoy su red factura $780.000.000
Arrancó con un pizarrón a los 17, perdió todo en el corralito y hoy su red factura $780.000.000

Con apenas 17 años y un pizarrón amarillo que todavía conserva, Natalia Druziuk abrió un instituto de idiomas en un departamento de Caseros. Tres décadas después, esa apuesta se convirtió en una red de 56 sedes que factura alrededor de $780 millones anuales.

La historia no empezó con una oficina ni con inversores. Empezó con una adolescente que daba clases de inglés, atendía el teléfono, recibía a los padres, barría y organizaba las cuentas mientras empezaba la universidad y trabajaba en una fábrica. “Cuando hablaba con las familias, utilizaba el plural para darle otra dimensión al proyecto. Decía ‘nosotros’, pero era yo sola”, contó a TN.

Antes de todo eso, a los 10 años, raspaba cerámicas con un cuchillito para quitar las rebabas. Su familia había perdido la casa y ese trabajo era su forma de colaborar. “Volvía con la mano quemada, pero había que seguir”, recuerda.

Una idea que nació en familia

Los idiomas siempre tuvieron un peso personal. Su mamá había llegado desde Rusia a los 15 años y tanto ella como la abuela de Natalia sufrieron las dificultades de vivir en un país cuya lengua no entendían. Druziuk creció escuchando historias sobre lo complicado que podía ser algo tan cotidiano como ir al supermercado.

“Yo creo que ya nací con esta idea de que quería tener un instituto de idiomas”, relató. “Era como la oveja negra al decir que quería muchos idiomas. Uno de los que quería era ruso, por lo que sufrieron mi mamá y mi abuela”, explicó.

El primer alumno fue Matías, de cinco años. Su mamá tuvo que vencer la desconfianza de dejar a su hijo con una profesora adolescente. “Costaba muchísimo que la gente confiara en una nena de 17 para pagarle la cuota y estudiar”, recordó. Matías completó toda su formación en inglés y años después terminó viviendo y trabajando en Australia.

El instituto cerró el primer año con 20 alumnos. Dos años más tarde ya eran 80 y el departamento quedaba chico. También necesitaba contratar una secretaria, aunque convencer a alguien de trabajar para una adolescente fue casi tan difícil como conseguir estudiantes. “Decían ‘¿Quién me va a pagar el sueldo?’”, contó.

Crecer en medio de la crisis

La expansión se aceleró en 2001. Druziuk sumó cuatro idiomas, contrató más personal y se mudó a una esquina con espacio para nuevas aulas, con una inversión de US$6000. La crisis que destruía otros negocios le permitió comprar escritorios y muebles a quienes cerraban, mientras los profesores empezaban a acercarse en busca de empleo.

Pero ese crecimiento coincidió con el golpe más duro: todo lo que había ahorrado desde 1995 quedó atrapado en el corralito. Fue al banco con su mamá un viernes, pero solo les permitieron retirar dinero de una cuenta. Eligió que sacara su madre y decidió esperar hasta el lunes. Ese lunes ya nadie atendió.

“Por cada crisis que atravieso, me tomo un día para llorar lo que tenga que llorar y al otro día salgo adelante”, asegura. Sin redes ni herramientas digitales, destinó lo poco que le quedaba a imprimir folletos para conseguir más estudiantes.

Neone siguió con una única sede durante años y llegó a tener unos 400 alumnos en 2018. El espacio volvía a poner un límite y Druziuk buscó crecer sin depender de nuevas aulas.

Del campus online a las franquicias

La apuesta fue desarrollar una plataforma de educación online. Los primeros resultados parecían darle la razón a los temores: después de invertir sus ahorros, el campus tenía apenas cinco estudiantes. Dos años después llegó la pandemia y esa estructura que parecía sobredimensionada se convirtió en una ventaja. La matrícula online creció y las franquicias extendieron el instituto fuera de Tres de Febrero.

Hoy la red tiene presencia en Argentina, Uruguay y Paraguay, suma más de 25.000 egresados en Latinoamérica y ofrece 17 idiomas, entre ellos quechua y guaraní. El próximo paso apunta a Europa: Druziuk prepara la llegada de Neone a España, con desembarcos previstos en Barcelona, Madrid y Valencia.

El día que aprendió a delegar

Durante más de dos décadas, Druziuk condujo Neone con una lógica casi artesanal. En 2018, un problema de salud la llevó a hospitalizarse y expuso hasta dónde llegaba esa forma de trabajar. Incluso internada seguía pendiente de la agenda. “Con el suero en una mano y la agendita en la otra decía: ‘Bueno, capaz que tengo que reagendar’”, recordó. La respuesta que recibió fue tajante: “Señora, no reagende porque no sabe si mañana va a estar viva”.

Acostumbrada a resolver todo por su cuenta, empezó a comprobar que otras personas podían asumir esas responsabilidades. “Desde ese día en el hospital me di cuenta de que lo hacían mejor. Agradezco a la vida que me haya caído la ficha, porque eso me ayudó muchísimo a crecer”, contó.

Hoy trabaja con responsables de marketing y dos coordinadoras de franquicias, además de acompañar la formación de quienes conducen las distintas sedes. “No hay nada que funcione si no es con equipos”, sostuvo. Ya no da clases: su rol está concentrado en capacitar y mentorear a directivos, combinado con la expansión internacional y una formación académica que continúa.

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