Alguien inventó una prohibición que nunca existió en Puerto Madryn y el Estado perdió un día entero
Una supuesta prohibición de nadar en las playas céntricas de Puerto Madryn nunca existió, pero obligó a las autoridades a salir a desmentirla. Mientras la ciencia trabaja en el Golfo Nuevo, las redes premian la velocidad y no la exactitud: quién gana y quién pierde con la desinformación.
Mientras los equipos científicos revisaban las playas del Golfo Nuevo para determinar qué causó los últimos varamientos de ballenas, una ola de rumores se expandió sin control por las redes sociales. En apenas horas, Puerto Madryn se llenó de mensajes alarmistas, versiones sin firma y supuestas prohibiciones que nunca se dictaron.
El episodio más notorio fue la falsa prohibición de nadar o acercarse a las playas céntricas. Esa orden jamás existió. El Municipio salió a desmentirla y aclaró que ni la Secretaría de Ecología y Protección Ambiental ni Prefectura Naval la habían emitido, y que los especialistas habían descartado que el agua estuviera en condiciones peligrosas. Alguien fabricó una norma inexistente, la hizo circular como si fuera oficial y obligó al Estado a destinar una jornada completa a desmentirla. No fue un error ni un malentendido: fue montar una fake news que, si se decide ir a fondo, puede acarrear consecuencias legales.
¿A quién le sirve el montaje?
La pregunta sobrevuela: ¿solo busca likes? ¿Es el enojo de un vecino que pide respuestas? Con elecciones en el horizonte, no suena ingenuo preguntarse si hay un propósito político detrás. Tampoco lo es sospechar de organizaciones que descubrieron que una alarma bien armada abre puertas de financiamiento externo para quienes se presentan como salvadores del planeta. Y siempre aparece un grupo minúsculo de corte talibán que instala ideas anti sistema y anti industrias de las que después, paradójicamente, disfruta.
No hay pruebas de nada de eso, y corresponde aclararlo. Pero quien convierte una tragedia ambiental en material de campaña o de recaudación tiene mucho que explicar. La sospecha es el precio que paga quien opera a oscuras.
La fotocopiadora con logo
Hay un tercer actor, más común y por eso más dañino: las páginas y usuarios anónimos de Facebook que se disfrazan de portales de noticias y especialistas. No llaman a una sola fuente, no consultan a ningún experto y no distinguen un dato de un rumor. Copian y pegan lo que encuentran. Eso no es periodismo, ni siquiera mal periodismo. Es una fotocopiadora con logo que busca la imagen espectacular o el video para fabricar el reel con más reproducciones.
Subirse a la indignación popular en lugar de buscar respuestas confunde al vecino y desgasta la credibilidad de quienes sí ejercen el oficio con responsabilidad. De ahí la importancia de diferenciar a quienes firman con nombre y apellido y responden por lo que dicen, de quienes se esconden detrás de una cuenta sin rostro.
Los que están con los pies en la arena
Mientras el copiar y pegar avanza en las redes, los que realmente saben del tema trabajan en el terreno. Hay una tarea conjunta entre la Red de Fauna Costera, el Plan de Monitoreo Sanitario de la Ballena Franca Austral, los municipios de Puerto Madryn y Puerto Pirámides, las áreas protegidas y el Ministerio de Turismo.
La ciencia necesita tomar muestras, analizarlas, cruzar variables y descartar hipótesis antes de afirmar algo. Los tiempos de la ciencia no son los de las redes sociales. La biología no es matemática y no existe un botón que entregue la respuesta cuando el público la reclama. Las redes funcionan al revés: premian la velocidad, no la exactitud. En ese mercado, una mentira completa y bien presentada le gana a una verdad todavía en proceso.
Hay motivos para esperar. La región ya vivió un evento de ballenas ligado a la marea roja y otro de lobos marinos asociado a la gripe aviar, y en ambos casos la comunidad científica terminó dando la explicación.