Al ritmo de Milei, 300.000 argentinos ya no tienen empleo formal (y el número sigue subiendo)

¿Cuántos argentinos se quedaron sin empleo formal en el último año y qué revela eso que las estadísticas oficiales no muestran? El número que expone el verdadero costo del modelo.

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Al ritmo de Milei, 300.000 argentinos ya no tienen empleo formal (y el número sigue subiendo)
Al ritmo de Milei, 300.000 argentinos ya no tienen empleo formal (y el número sigue subiendo)

El debate de ideas quedó arrumbado en la comunicación política. Los consultores electorales lo saben: vivimos en un "mundo de sensaciones", donde la reacción emocional inmediata pesa infinitamente más que la razón. Comunicar política se convirtió en movilizar emociones, y eso supone reducir el discurso a su mínima expresión. Por eso, para el analista formado en el siglo XX, las consignas suenan muchas veces infantiles.

Ese nuevo mundo comunicacional tiene un efecto directo: la polarización maniquea, esa que machaca sobre unas pocas ideas fuerza —"bien y mal", "nosotros y ellos"—. Las redes sociales trabajan sobre ese escenario y refuerzan la tendencia. Trasladada a la economía, la metodología borra los ciclos y las interacciones: solo queda el debe y el haber, ingresos y gastos instantáneos, como si la economía fuera una casa donde no se puede gastar más de lo que entra.

Lo que dicen los números (y lo que no dicen)

En los reportajes callejeros que hacen algunos medios, los entrevistados fieles al oficialismo coinciden con el discurso de los medios hegemónicos: destacan la baja de la inflación y la estabilidad cambiaria. Pero cuando se miran los números, la inflación se mantiene por encima de la del segundo gobierno de CFK, período que los grandes medios consideraban insoportable.

Con la estabilidad relativa del presente —relativa, porque 30 puntos anuales es una inflación bastante alta— suceden dos cosas. Primero, no está claro que se trate de lo que los economistas llaman "un equilibrio estable", es decir, un logro duradero. La principal herramienta para contener los precios internos fue el "ancla cambiaria": el atraso progresivo del precio del dólar.

Las exportaciones de recursos naturales son una fuente importante de divisas, pero no tan abundantes como suele creerse. La abundancia se define en función de la demanda: compra de moneda extranjera por particulares y empresas, pago de deuda e importaciones. Bastaría que la economía empiece a crecer apenas un poco o que parte de la deuda no pueda refinanciarse —en los próximos dos años vencen cerca de 50 mil millones— para que la demanda de divisas se dispare y, con ella, el dólar y la inflación. A eso se suma la tradicional demanda preelectoral, que se hará sentir de lleno en pocos meses.

Lo segundo es que, en una economía estancada, sin demanda ni crédito que empujen, el superávit es insostenible: el freno de la actividad retroalimenta la caída de los ingresos tributarios.

El costo social de las herramientas

Uno de los grandes éxitos discursivos del mileísmo fue lograr que la población aceptara como inevitable el sacrificio del ajuste. Parece lógico: nada se logra sin sacrificio. Pero el problema con las actuales políticas recesivas está en su duración. Cuando no hay modelo productivo, el mercado, librado a sus fuerzas, ajusta por ventajas absolutas. Por eso los únicos sectores dinámicos del presente son los ligados a la extracción de recursos naturales y a la intermediación financiera.

A pesar de las condiciones ultra favorables, la inversión extranjera no despega. Eso debería llevar a revisar las razones que la incentivan: estabilidad política, desarrollo de infraestructura y un mercado interno más dinámico. Si en la explotación de recursos naturales no hay un diseño de incentivos mínimos para desarrollar proveedores locales, como sucede con el RIGI, el resultado son economías de enclave con muy escaso efecto multiplicador. Mientras tanto, construcción, industria y comercio siguen estancados.

El balance preliminar es que no hay motores internos para salir del estancamiento. El gasto y la inversión pública tienden a reducirse por el dogmatismo oficial; la mora generalizada apaga el crédito; la inversión y el consumo privados no despegan por la caída de los ingresos; y las exportaciones empujan, pero no alcanzan por sí solas.

El mercado de trabajo, el espejo del modelo

Las consecuencias se viven en el mercado de trabajo. El desempleo ya alcanzó el 7,9 por ciento en el segundo trimestre. El número, si bien es el más alto de la era Milei, no parece especialmente elevado en términos históricos, pero oculta lo que pasa puertas adentro del mundo del trabajo: avanza con fuerza el cuentapropismo como estrategia de supervivencia frente a la pérdida de empleo.

La consultora C-P, que dirige el economista Federico Pastrana, reseñó que en el último año se sumaron a la informalidad 300.000 cuentapropistas, que figuran como ocupados en las estadísticas. La cifra no evitó el aumento global del desempleo, aunque apenas en el margen: 0,3 puntos porcentuales respecto del segundo trimestre del año pasado.

En el agregado, la expansión del empleo se concentró en el sector informal, con lo que la informalidad ya alcanza al 45 por ciento de los ocupados. Dentro de ese universo se expande el cuentapropismo, no el empleo asalariado. Dicho de otra manera: el modelo libertario no crea empleo asalariado, ni formal ni informal.

La consecuencia global es que los ingresos laborales caen por la simple caída de la demanda. Siempre según C-P, quienes pierden un empleo privado registrado y se convierten en cuentapropistas reducen su ingreso real en casi un tercio: exactamente un 28 por ciento en promedio. Hay diferenciaciones por edad y género: el desempleo entre las mujeres jóvenes llegó al 17,1 por ciento y el de los varones jóvenes al 14,1 por ciento.

El balance general expone que es un error conceptual afirmar que el modelo funciona por la baja relativa de la inflación. La referencia para juzgar cualquier modelo económico es la evolución de la calidad de vida de la población, cuyo primer escalón es el mundo del trabajo. O, dicho al revés: el punto de partida de cualquier modelo de desarrollo que busque mejorar la calidad de vida se sintetiza en la máxima "gobernar es crear trabajo". Si se crea trabajo, se empodera a los trabajadores, lo que permite aumentar los ingresos salariales, mejorar las condiciones laborales, mejorar el consumo e incentivar la inversión. Si se crea trabajo es porque existen sectores económicos dinámicos que funcionan y lo demandan, lo que supone el diseño previo de un modelo de desarrollo e inserción internacional, es decir haberse preguntado qué producir y qué venderle al mundo a un precio competitivo para que funcionen todos los sectores de la economía.

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