A 4.200 metros, escondida entre nevados: la ciudad que los incas levantaron en Tucumán y nadie termina de explicar
Un geólogo alemán llegó en 1949 a un filo montañoso de los Nevados del Aconquija y se topó con algo que los arrieros tucumanos ya llamaban “Pueblo Viejo”. Las piedras grises siguen sin revelar quién las levantó ni para qué.
A 4.200 metros de altura, sobre un filo montañoso que cortan los ríos Jaya y Las Pavas, en el corazón de los Nevados del Aconquija, duerme una construcción de piedra que los arrieros tucumanos conocen desde siempre como “Pueblo Viejo”. Los mapas antiguos la registran como Ciudacita, pero el apodo que se popularizó es otro: “el Machu Pichu argentino”.
El sitio combina un valor cultural difícil de dimensionar con un enigma que atraviesa siglos: nadie pudo establecer con certeza quién lo levantó ni para qué. Las respuestas, todavía hoy, se cruzan y se contradicen.
El día que un geólogo alemán se topó con las ruinas
Fue en 1949 cuando un geólogo de origen alemán llegó hasta el lugar y lo dio a conocer fuera de la zona. Los baqueanos de la región, en cambio, ya lo tenían incorporado a su paisaje cotidiano mucho antes de esa expedición.
La obra sorprende por la magnitud de la superficie construida y por la destreza con la que se trabajaron las lajas grisáceas. Los recintos se distribuyen sobre las laderas y rodean un campo ceremonial rectangular de 40 por 60 metros, el espacio donde, según los investigadores, se esconde la clave de su origen y de su función.
¿Incas o tihuanacos? La pelea por la antigüedad
La hipótesis más difundida atribuye la construcción al Imperio Inca. Si se tiene en cuenta que ese pueblo llegó a los valles Calchaquíes unos 50 años antes que los españoles, Ciudacita tendría alrededor de 500 años y sería el asentamiento inca más relevante al sur del Machu Picchu.
Pero no todos coinciden. Otros arqueólogos sostienen que los constructores pudieron ser hombres de ascendencia aymará, ligados al Imperio Tihuanaco. Bajo esa lectura, la antigüedad del sitio se dispara: más de 2.000 años.
El tesoro que, dicen, bajó de la montaña
Las leyendas que rodean a Ciudacita son tantas como las preguntas sin responder. Una de las más extendidas asegura que desde allí bajaron las cadenas de oro reunidas para intentar la liberación del cacique Atahualpa, preso en Cajamarca, en el actual territorio peruano.
Otra versión agrega un final trágico para ese cargamento: tras la muerte del cacique, las cadenas habrían sido arrojadas a las aguas de una laguna. Hoy se la conoce como Laguna del Tesoro y también está en suelo tucumano.
Piedras alineadas con el cielo
Los especialistas detectaron indicios de que las pircas, de un metro de altura, fueron orientadas de un modo muy particular, con lo que describieron como una “mística sabiduría”. Ese manejo de los astros llevó a concluir que el sol ocupaba un lugar central entre las deidades de quienes levantaron el lugar.
El entorno no parece haber sido pensado para vivir. Las tierras que rodean el centro ceremonial no sirven para sembradíos y, además, no se encontraron cementerios en las cercanías, lo que sugiere que no existió allí una población estable.
El clima tampoco ayuda a imaginar una ocupación permanente: en invierno el termómetro llega a 20 grados bajo cero y en verano supera los 30.


