70 kilómetros de arena y camaradería: la travesía que une El Encón con la Difunta Correa
No importa la velocidad ni la tecnología: hay un detalle de esta travesía por el desierto sanjuanino que la hace única. ¿Adivinás cuál es?
Un grupo de apasionados de los 4x4 revivió la mística de cruzar el desierto sanjuanino en una travesía que unió El Encón con la Difunta Correa y se adentró en las quebradas de Ullum. Para ellos, el éxito no se mide en velocidad, sino en las pausas para compartir un chiste, abrir el capó y esperar la noche para encender el fuego del asado.
La caravana mezcla camionetas modernas con verdaderos "bichos viejos" adaptados con maña. Entre ellos brilla la joya de Jorge Enrique Martín, un mendocino que llegó al mando de su Estanciera doble tracción modelo 62, equipada con motor Ford Falcon, cubos delanteros nuevos y palier flotante atrás.
"Por ahí nos hacen sufrir porque se rompen, obviamente por ser máquinas viejas, pero las queremos muchísimo, las cuidamos y nos permiten conocer rincones de San Juan por donde no entra cualquiera", confiesa Jorge Genovart, miembro del Club de la Estanciera.
El arte de "leer el camino"
La travesía completó unos 70 kilómetros de pura adrenalina, con tramos de arena blanda, pendientes pronunciadas y cuestas exigentes. Para Sergio García, la clave no está en el modelo del vehículo, sino en la sintonía entre el hombre y el entorno.
Al ingresar al terreno desértico, el primer paso obligatorio es bajar las libras de las cubiertas para ganar agarre en las trepadas. Cuando pasan muchos vehículos, la huella se ablanda y exige "leer el camino", buscando la mejor tracción para sortear los obstáculos. Sergio asegura que, con astucia, el desafío se puede hacer hasta en un auto simple: "Si uno se amaña o ya conoce el campo, lo podés hacer".
Entre vertientes y postas incas
El grupo se internó en una quebrada paralela a la Sierra de la Dehesa, en Ullum, un paisaje coronado por una pequeña gruta de la Virgen y rodeado por el rumor de una vertiente natural a pocos kilómetros de Villa Ibáñez.
Para los aventureros, apagar los celulares y contemplar los colores del atardecer o la salida de la luna es el verdadero combustible del viaje. "Las grandes dificultades de la humanidad actual son por haberse desvinculado de la naturaleza. Tenemos tanta tecnología alrededor que nos olvidamos de dónde nacemos", reflexiona Genovart junto al arroyo.
El camino también regaló una lección de historia viva. En medio de la precordillera, los viajeros se toparon con ruinas incaicas conocidas como "tambos", que funcionaban hace siglos como postas de descanso en el histórico Camino del Inca, que bajaba desde el Alto Perú hasta Mendoza.
Antiguamente, estos refugios albergaban agua, sombra y alimento para que los caminantes recobraran fuerzas. Hoy, siglos después, volvieron a ser el escenario perfecto para que un grupo de amigos modernos hiciera noche bajo las estrellas, unidos por la misma pasión de andar y descubrir.